viernes, 15 de agosto de 2014

La familia: Iglesia doméstica y santuario de la vida


¿Cuántas, de entre las personas que se casan, saben lo que realmente es el matrimonio? Si preguntáramos a los jóvenes que están a punto de casarse cuáles son las características esenciales del matrimonio, ¿cuántos responderían: unidad, fidelidad, indisolubilidad y apertura a la vida?

En la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, San Juan Pablo II afirma que hoy «es más necesaria que nunca la preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar». Y es que la Iglesia, consciente de que los jóvenes cristianos viven muchas veces contracorriente y tienen grandes dificultades para conocer la verdad del sacramento cristiano del matrimonio, exhorta a preparar a los jóvenes que van a casarse y a enseñar, también a los ya casados, cuáles son sus responsabilidades.

Me consta que se hacen grandes esfuerzos en las parroquias para reunir a los jóvenes en catequesis prematrimoniales y explicar que eso que ellos desean realizar el día de su boda, casarse, no es la meta o un final de nada, sino el comienzo de un pacto, el pacto conyugal, que ha sido asumido y elevado por el Jesús a sacramento de la Nueva Alianza.

¿Por qué es tan importante enseñar esto a los jóvenes? Porque a partir de ese momento, los novios serán esposos, cónyuges, imagen del amor oblacional de Cristo a la Iglesia, y constituirán su familia, Iglesia doméstica. Y pronto, si es voluntad de Dios, recibirán el don de los hijos, es decir, se convertirán en colaboradores de Dios, primeros educadores y primeros evangelizadores y su familia se habrá constituido en «santuario de la vida».

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).