lunes, 10 de junio de 2013

El espíritu de una carmelita

 
No todos los siglos necesitan de una reforma grandiosa como la de nuestra Santa Madre Teresa, ni en todas las épocas existen tiranías que nos dan la posibilidad de apoyar nuestra cabeza en el cadalso para defender nuestra fe y el ideal de nuestra Orden, como en el caso de las 16 carmelitas de Compiegne; pero todas las que ingresen en el Carmelo tienen que entregarse totalmente al Señor.
Sólo la que valore su lugarcito en el coro frente al Tabernáculo más que todas las glorias del mundo puede vivir aquí; y aquí encontrará, sin duda alguna, una felicidad como no la puede dar ninguna gloria del mundo. El orden de nuestro día nos garantiza horas de diálogo con el Señor, y sobre ellas se fundamenta nuestra vida. En el Carmelo rezamos el Breviario, lo mismo que los sacerdotes y las otras órdenes antiguas, y ese “Oficio Divino” es para nosotras, como para ellos, una obligación sagrada. Pero ése no es nuestro fundamento último. Lo que Dios obra en nuestras almas, en las horas de oración interior, está por encima de la mirada de los hombres; es gracia tras gracia, y todas las otras horas de nuestra vida son una constante acción de gracias por ello.

Para las carmelitas, en sus condiciones de vida cotidiana, no existe otra posibilidad de responder al amor de Dios que cumplir lo más fielmente posible con sus obligaciones diarias, hasta las más pequeñas; ofrecer los sacrificios más insignificantes, que exige de un espíritu vital la estructuración de los días y de toda la vida, hasta en sus detalles más pequeños, y esto día a día y año a año; presentar al Señor todas las renuncias que exige la convivencia constante con personas totalmente distintas a nosotras, y esto con una sonrisa en los labios.
A eso se agrega, además, lo que el Señor le pide a cada alma como sacrificio personal. Ese es el “caminito”, un ramo de florecillas insignificantes que son depositadas cada día frente al Santísimo, quizás un martirio silencioso que se extiende a lo largo de toda la vida y del cual nadie tiene noticia, pero que a la vez representa una fuente de paz profunda, de alegría y un manantial de la gracia que brota en medio del mundo, sin que nosotras sepamos a dónde se dirige y sin que los hombres que la reciben sepan de dónde viene.

Sobre la historia y el espíritu del Carmelo, de Edith Stein

4 comentarios:

quedateeninube dijo...

Una vida muy entregada la de las Carmelitas. Conozco una persona mayor que estuvo treinta años en la Orden del Carmelo y los sacrificios, (al menos en aquellos años) eran duros. Un abrazo!

Teresa dijo...

Son unas palabras preciosas que explican lo que inspira profundamente la vida religiosa: apreciar su sitio junto al tabernáculo.

Clo dijo...

Gracias por esto, desde luego su sitio en el coro es mayor a cualquier gloria, están ahí rezando por TODOS nosotros. Una gran amiga mia entró en el monasterio de la Encarnación, en Ávila, el pasado 7 de abril, tras habernoslo comunicado sólo un mes antes.
Fue una sorpresa porque nunca había referido sentir vocación a la vida religiosa, y al principio me dio mucha pena "perderla" porque su compañía me acercaba mucho al Señor. Luego comprendí qie no la pierdo, que la gana el Señor para el mundo entero, y qie viviremos siempre unidas en la oración. Está previsto qur la visitemos en las próximas semanas, y yo espero emocionada e impaciente ver su cara iluminada por la paz.de haber seguido la llamada del.Esposo.

Un abrazo Elige!

eligelavida dijo...

Gracias Clo, por este testimonio.

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