miércoles, 10 de abril de 2013

«Resucitó, sí, pero... ¿el cuerpo dónde está?»

 
Me cuenta un amigo sacerdote que no hace mucho le llamaron para atender en su pueblo a un anciano campesino agonizante. Y al llegar, apenas se sentó junto a su cama, el viejo le pidió que rezase con él el Credo. Empezó mi amigo a hacerlo, con ese miedo tonto a que nos falle la memoria que todos tenemos en momentos como ése, y vio cómo el anciano le seguía hasta que al llegar al «Resucitó al tercer día» percibió cómo la mano del campesino se levantaba como pidiéndole que se detuviera un momento. Lo hizo y oyó entonces la temblorosa voz del moribundo, que preguntaba: «Resucitó, sí, pero... ¿el cuerpo dónde está?» Por el tono de la pregunta mi amigo comprendió la importancia que su respuesta tendría para el enfermo: era claro que la idea de dónde está el cuerpo del Resucitado se había levantado como un muro entre la fe y la muerte de aquel hombre. Y, con esa rapidez de relámpago con la que en esos instantes pasan las ideas por nuestras cabezas, mi amigo entendió que no podía extenderse en largas explicaciones sobre lo que dice la teología de la naturaleza del cielo, sobre lo distintos que serán en el más allá los conceptos de tiempo, de espacio, de lugar. Y optó al fin por la más sencilla y la más desarmada de las respuestas: «No lo sabemos. Desde hace muchos siglos muchos sabios discuten esa cuestión y aún no nos han dado una respuesta del todo satisfactoria. Sabemos, sí, que Jesús resucitó -porque nos lo dice la Escritura y nos lo garantiza la Iglesia-, pero no sabemos dónde ni cómo está ahora su cuerpo resucitado.»

Al concluir sus palabras, volvió a oír la voz del viejo, que, sin añadir un solo comentario, decía: «Puede continuar». Terminó el sacerdote el Credo, también sin comentarios, y después, a petición del anciano, le dio los Sacramentos. Pocas horas después el enfermo fallecía.
Y mi amigo se sentía al día siguiente descontento consigo mismo: ¡Había contestado de manera tan torpe y vacía al viejo! Ahora se le ocurrían infinitas respuestas más sólidas, más portadoras de esperanzas. Pero -pensaba- ya era tarde.

Horas después, durante el funeral, la hija del anciano se acercó a dar las gracias al sacerdote y le dijo: «Yo no sé qué le diría usted a mi padre, pero al marcharse usted él me dijo. 'He hecho una gran pregunta al sacerdote y me ha contestado muy bien'.»
Ahora entendió mi amigo que las mejores respuestas son las verdaderas por débiles que parezcan. Que él no había dado una respuesta científica, que, por lo demás, tampoco él le pedía. Había dicho tartamudeando lo que sentía de verdad: que aquél era un campo en el que los hombres no hemos logrado penetrar. Y aquélla fue la gran respuesta, la auténticamente útil.

Y es que, a fin de cuentas, lo que cuenta es siempre la verdad. Muchas de las respuestas que darnos a los enfermos, a los niños, son casi siempre respuestas retóricas, tranquilizadoras, con las que no tratamos de decir la verdad, sino de dejar tranquilo al que nos pregunta y conseguir de rebote que él nos deje tranquilos a nosotros. ¡Cuántas paparruchas se cuentan a los niños o a los ancianos! Pero esas paparruchas pueden servir para salir del paso, para evitarnos en ese momento más problemas. Pero la mentira mancha a quien la recibe. Y a quien la pronuncia.
"Decir la verdad", de José Luis Martín Descalzo

8 comentarios:

Sinretorno dijo...

Muy bueno... Martín Descalzo también.

CHARO dijo...

Con la verdad se llega a todas partes. Un relato muy entrañable que me ha emocionado.Besotes

martha bernal dijo...

Las respuestas sencillas, siempre son las mejores, Fe sin tanta investigación. Me encantó.

E. Baregó dijo...

Me le llevo en mi mente y corazón. Buena enseñanza. Felices Pascuas.

Cristina dijo...

No tiene desperdicio...Gracias

Sor.Cecilia Codina Masachs dijo...

Hola mi querida amiga, interesante esta historia y bien hizo en esos momentos no turbar su espíritu.

La resurrección, según nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 997 sucede de la siguiente manera: “En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia, dará definitivamente a nuestro cuerpo la vida incorruptible, uniéndolo a nuestras alma, por la virtud de la Resurrección de Jesús”.

Al final de los tiempos, es decir, el día del juicio universal, vendrá Cristo y unirá nuestra alma a un cuerpo glorioso.

¿Cómo será este cuerpo? No lo sabemos con certeza, sólo lo podemos imaginar contemplando el cuerpo de Cristo resucitado: un cuerpo con ciertas similitudes al cuerpo terrenal, pero no sujeto a sus leyes, un cuerpo perteneciente a otra dimensión, a la dimensión de la vida eterna.
Con ternura te dejo un beso.
Sor.Cecilia

Conrad López dijo...

Es una anécdota deliciosa. Aunque casi diría que trasciende la categoría de anécdota, porque no deja de ser una gran lección (más) del Espíritu, que sopla sin que nuestras entendederas den un duro por ello.

Muchas gracias por el relato.

AMALIA dijo...

Un estupendo texto.

Lo mejor es decir siempre la verdad. A veces, incluso es más fácil.

Un beso

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).