lunes, 11 de marzo de 2013

A quien tiene una fe clara se le aplica la etiqueta de fundamentalismo


¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice san Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error.
A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos.
Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es «adulta» una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar la grey de Cristo a esta fe. Esta fe —sólo la fe— crea unidad y se realiza en la caridad.

A este propósito, san Pablo, en contraste con las continuas peripecias de quienes son como niños zarandeados por las olas, nos ofrece estas hermosas palabras: «hacer la verdad en la caridad», como fórmula fundamental de la existencia cristiana. En Cristo coinciden la verdad y la caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, la verdad y la caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como «címbalo que retiñe». 
 
(Son las palabras que el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, decano del colegio cardenalicio, pronunció en la homilía de la misa "Pro Eligendo Pontifice", el 18 de abril de 2005. Al día siguiente, sería elegido Sumo Pontífice).

3 comentarios:

Sinretorno dijo...

Querida Elige; acabo de leer un post del Padre Fortea que me los ha puesto de corbata, con perdón. Ya podemos rezar, desagraviar, porque en este país y en mucho sitios no estamos mofando de Dios, de sus mandatos. No sé cómo era el ambiente antes de la II guerra mundial; pero estamos pasando límites insospechados. Me acojo a la misericordia de Dios y de su Madre.

martina dijo...

Bellissimo post! Al giorno d'oggi non esiste un'unica parola identificativa per il cattolico, proprio perché, non seguendo più la Dottrina, ogni cattolico si fabbrica una fede a sua immagina e a misura dei propri desideri ed ideologie. Il vero cattolico ha il dovere di seguire il Magistero dei Papi sulla scia della Tradizione che da duemila anni continua ad essere fedele a Cristo ed al suo insegnamento. Tutto il resto può essere lasciato fuori.....Un abbraccio

gosspi dijo...

Hacer la verdad en la Caridad...menuda frase....no sabernos mas que nadie ni con mas fe que nadie y Amar a destajo en la Misericordia.....estamos en tension para esta nueva etapa con el nuevo Vicario nos ajustemos mas y mas a Amar y Esperar en el Abandono a Su Voluntad...el Oido abierto y el corazón de par en par!!! me ha encantado!

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).