«Miren ustedes atentamente la fotografía. La joven que allí aparece arrodillada tiene 20 años de edad, y era, hasta el pasado sábado, estudiante de Historia. Pocos días antes, el jueves, me comentaba: “No sé cómo será mi vida sin el iPhone”. Ya sé que podría haber dicho “sin mis padres”, “sin mis amigos”, “sin mis hermanos”… Pero ella tiene un magnífico sentido del humor, y sabía que la frase tenía miga. La tiene. En todo caso, esa joven lleva cinco días sin el iPhone, sin fumar, sin sus padres, sin sus amigos, sin sus hermanos…
El sábado pasado, a las 12 de la mañana, esa joven ingresó en un Carmelo con la intención de pasar entre esos muros el resto de sus días y ser enterrada allí hasta que Jesucristo la despierte. Será, por voluntad propia, y en respuesta a una llamada divina, pobre de solemnidad. Pasará los inviernos sin calefacción ni agua caliente, sin más calzado que unas alpargatas que dejan al descubierto gran parte del pie; y los veranos los pasará dentro de un hábito de lana de casi 9 kilos de peso. Durante el día apenas hablará, salvo con Dios y de Dios. Trabajará y rezará de la mañana a la noche, y, finalizado el día, dormirá sobre un jergón de paja las pocas horas que el trabajo y la oración le dejen al sueño.
¿A quién va a beneficiar esta joven con semejante género de
vida? ¿A quién va a hacer feliz? ¿Qué va aportar a sus semejantes o a la
sociedad? ¿Qué motivos tenemos los demás para alegrarnos cuando una vida en su
lozanía se encierra entre unos muros para no salir jamás de allí? ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Para qué
sirve?»
Si os interesa responder a estas preguntas, os recomiendo continuar leyendo esta entrada en el blog de su autor, el sacerdote José-Fernando Rey Ballesteros, que relata una historia
real e intenta dar respuesta a estas cuestiones.

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