Explorando en Internet he descubierto que existen auténticos
‘tratados’ sobre el ‘lenguaje corporal’. Es lógico; tenemos un cuerpo y nos
manifestamos a través de él. Es cierto que existen algunas diferencias
culturales, pero en cualquier parte del mundo nos podemos hacer entender por
gestos. Si voy a la India y alguien con las palmas de las manos unidas hace una
leve inclinación con la cabeza, es posible que yo no sepa exactamente lo que
quiere decirme, pero entenderé perfectamente que se trata de un gesto amistoso,
de saludo o agradecimiento, y no me sentiré agredida por él.
El hombre es cuerpo y alma. Algunos, me dirán que no, que es
cuerpo y espíritu. Otros, más pragmáticos aún, dirán que es cuerpo y mente.
Estupendo. Ya nos hemos puesto de acuerdo en algo. Todos tenemos un cuerpo. Y
éste nos marca en todo aquello que sentimos, hacemos o vivimos.
A veces se nos ha dicho que la gente muy espiritual reniega
del cuerpo. Grave error. Si Dios hubiera querido hacernos sin cuerpo, nos
hubiera creado como a espíritus puros, y no tendríamos necesidad de puertas
para atravesar los muros; pero no, tenemos un cuerpo y bien sólido. Y nos
manifestamos a través de él. Pensad por un momento en la cantidad de gestos de
afecto o ternura que realizamos con
nuestro cuerpo: nos abrazamos, besamos, tocamos, sonreímos, guiñamos un ojo…
Nuestro cuerpo es importante, y puesto que el ser humano es
una unidad espiritual y corporal, nuestros sentimientos y afectos tienen un
carácter que también abarca esas dos facetas: la del espíritu y la del cuerpo. Cuando
tenemos hijos pequeños los educamos, en primer lugar, para el amor, para que
entiendan que son amados y que ellos también pueden y deben amar. Cuando esa
educación va más allá y es específica para el matrimonio, la cuestión se vuelve
más interesante aún, ya que el amor entre personas de distinto sexo enfocado al
matrimonio pone en juego el cuerpo, el instinto sexual y una serie de
cuestiones que confieren al amor matrimonial unas características muy
concretas.
¿Es necesario dar a los niños una educación sexual? Por
supuesto. Sin embargo, es importante comprender que la educación sexual implica
mucho más que proporcionar información sobre el sexo, explicar cómo vienen los
niños al mundo, hablar de las enfermedades de transmisión sexual, montar un ‘taller
de caricias’ (¿?) o decirle a un adolescente: “¡usa preservativo!”.
Es preciso mostrar a los jóvenes que, ante todo, deben
realizarse como personas. El amor matrimonial, que es un amor sexual, abarca el
cuerpo, pero también comprende afectos profundamente espirituales y es, por
ello, especialmente intenso. No puede quedar en un simple sentimiento, sino que
debe ser también una virtud. Muchos niegan la posibilidad de que el amor
matrimonial pueda ser educado, porque consideran que el amor es un sentimiento,
un deseo de felicidad o placer, que no se puede controlar. Para estas personas,
cuando el sentimiento desaparece o se atenúa, el amor se acaba y es necesario
buscar nuevos afectos y nuevas sensaciones. Si lo pensamos bien, veremos que
esta es una visión muy utilitarista de la persona.
Desgraciadamente, hoy por hoy, el cine y la televisión son
los mayores ‘educadores sexuales de nuestros hijos’, que ven cómo en las
películas y en las series ‘el amor’ o lo que pretende ser amor nace con la
relación sexual. Rara vez se plantea lo contrario: la relación sexual como
culminación en el matrimonio de un amor que ha ido madurando.
Nuestros hijos
son contínuamente contaminados por las ideologías que pretenden educar la sexualidad
enseñando lo que es la mecánica del sexo, y soslayando el hecho de que el amor
sexual es un amor personal, que comprende instinto, emociones, sentimientos,
pero también renuncias, compromiso, donación, entrega de uno mismo y aceptación
del otro, al que convertiremos en el centro, en lo principal. Porque la
educación sexual puede apoyarse en la fisiología, la biología o cualquier otra
ciencia, pero es, fundamentalmente, una educación al amor.
La donación de sí mismo que realiza cada uno de los cónyuges
en el matrimonio se caracteriza por ser incondicional (en la salud y en la
enfermedad), exclusiva (de ahí la promesa de fidelidad), permanente (el
matrimonio es indisoluble) y fecunda (en cuanto a que el matrimonio debe estar
abierto a la vida). Nadie que piense en casarse ‘para toda la vida’ puede
obviar los problemas que sin duda surgen debido a lo volubles que son nuestros
sentimientos en determinados momentos de cansancio o tensión. Pero ahí precisamente
es cuando resurge el verdadero amor, que no se siente vacío porque el
sentimiento no acompaña, sino que se entrega con más ahínco a la otra persona
sin buscar nuevas emociones en otro lado.
Os comentaba ayer, con palabras de Juan Pablo II, que la preparación
para el matrimonio es, esencialmente, una cuestión de virtudes. No consiste sólo
en repetir a los jóvenes que el matrimonio es indisoluble, o que la
contracepción impone una visión utilitarista de la persona humana. Se trata
también de enseñar a amar cuando el sentimiento es intenso o cuando no lo es, de
mostrar que hay que dejar de lado todo egoísmo para que la donación sea total,
de hablar de virtudes como la fidelidad y la entrega y, sobre todo, de confiar
en la gracia, ya que no debemos olvidar que el matrimonio se funda sobre un
sacramento.