Hoy he sabido de un matrimonio amigo que, después de
diecisiete años casados y tras unos meses de separación, han decidido
divorciarse. He hablado con Ana y le he comentado la tristeza que sentimos al
enterarnos. Su respuesta me ha dejado perpleja. Me ha dicho que tanto Juan
como ella tenían claro al contraer matrimonio que si la cosa no funcionaba no
harían de ello un drama sino que sabrían recomenzar. Mi sorpresa ha sido
mayúscula. ¿Quiere eso decir que el día de su boda, mientras los allí presentes
éramos testigos del ‘sí quiero’, Ana y Juan mentían? Así es. Los dos decían un sí condicional. Un
‘te amaré hasta que me canse’, ‘hasta que surjan problemas’, ‘hasta que
encuentre a otro al que ame más’, ‘hasta que me harte de tu carácter’ o,
simplemente, ‘hasta que cambie de opinión’.
Hace unos días, Monseñor Xavier Novell, obispo de Solsona,
declaraba que antes que el aumento de bodas civiles, le preocupaba el hecho de que se celebren bodas religiosas sin que haya
auténtica fe entre los contrayentes. Por desgracia,
son muchos los matrimonios que comienzan como el de Juan y Ana, con un consentimiento no válido. Falta,
seguramente, mucha formación, y abundan las parejas de novios que “se quieren
como si estuvieran casados”, sin estarlo, al tiempo que hay matrimonios que
“dejan las puertas abiertas” a cambiar de vida si las cosas se ponen difíciles.
“No es bueno que el hombre esté solo”. Me gustan
especialmente estas palabras del Génesis que entiendo que no se refieren
únicamente al ‘hombre’ como varón, sino a la persona, hombre o mujer. Pienso
que los cristianos deberíamos tener muy claro que el matrimonio es un ‘invento’ de Dios para que muchos de
nosotros podamos realizar nuestra vocación al amor. Y si Dios es el autor del
matrimonio, nosotros no deberíamos creernos con derecho a ‘reformarlo’. El acto del consentimiento matrimonial no es
una parte más de una ceremonia más o menos bonita. Es un acto de amor, un acto
de entrega y de donación de uno mismo. Un acto irrevocable en el que dos, un
hombre y una mujer, forman una ‘comunión de personas’ como le gustaba decir a
Juan Pablo II en sus catequesis. Y cuando un hombre y una mujer dan su
consentimiento al matrimonio, lo dan a todo lo que el matrimonio significa y
conlleva.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.gif)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.png)

