Hoy se celebra el día internacional de la discapacidad. Por un lado, se nos anima a reflexionar sobre la situación de aquellas personas que sufren alguna discapacidad física, psíquica o sensorial, mientras por otro, se legaliza el asesinato de niños enfermos o discapacitados. Todos sabemos que hoy por hoy el diagnóstico prenatal lleva a la mayoría de niños con problemas congénitos a la muerte. Los pocos que nacen son ‘los últimos mohicanos’. Pertenecen a una raza rechazada, percibida como una carga por su entorno. Luchan por sobrevivir en una sociedad hostil para la cual son, muchas veces, invisibles. Sé que me diréis que se construyen rampas, se ponen semáforos son sonido para invidentes, y se escriben subtítulos en las películas. Pero todavía hay demasiados centros públicos sin baños adaptados; demasiadas cafeterías donde no se permite la entrada a los perros guía; demasiados colegios elitistas que no desean tener en sus filas sillas de ruedas; Y lo que es peor, estos ‘últimos mohicanos’ ven como muchas parejas abortan a sus hijos porque no quieren que sean como ellos, o los fabrican directamente a la carta obligándoles a pasar un control de calidad antes de permitirles vivir.
Sí, es preciso reflexionar seriamente sobre esta sociedad discapacitada para amar y comprender donde prima lo útil, lo funcional, lo que da dinero, lo fácil. Pensemos en tantas barreras mentales que siguen intactas y que hay que derribar. Y, sobre todo, demos una oportunidad a todos esos niños que viven ya en el seno de sus madres con alguna enfermedad o minusvalía, y que podrían ser felices, aún conviviendo con ese gran misterio que es el sufrimiento. También ellos podrían aportar grandes dones a este mundo egoísta si se les diera la oportunidad de vivir. Su vida tiene una dignidad y un valor tan sagrados como los del resto de la humanidad. Las próximas generaciones nos juzgarán.

