Ya durante el emocionante Vía crucis Benedicto XVI les exhortó a entregarse con la generosidad de la juventud diciendo: «vosotros, que sois muy sensibles a la idea de compartir la vida con los demás, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer.»
Y más tarde, en su visita a la Fundación Instituto San José, el Santo Padre realiza toda una reflexión en torno a este misterio y se pregunta: «¿puede seguir siendo grande la vida cuando irrumpe en ella el sufrimiento?» Es evidente que nadie desea la enfermedad ni el sufrimiento, pero no hay duda de que cuando éste está iluminado por la fe, la forma de acercarnos al dolor es mucho más humana. El tema del sufrimiento es un tema tabú en esta civilización utilitarista donde cada cual es valorado en función de lo que produce. Y claro, un enfermo, un anciano o un discapacitado no pesan en esta balanza de materialismo porque ¿cuánto pesa el amor? ¿Cuánto pesa el testimonio de estos testigos que, en palabras de Benedicto XVI, «nos hablan, ante todo, de la dignidad de cada vida humana, creada a imagen de Dios»? ¿En cuánto se valora «el bien inmenso que constituye la vida de estos jóvenes para quien está a su lado y para la humanidad entera»?
El Santo Padre lo ha dicho muy claro: «ninguna aflicción es capaz de borrar la impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. La presencia de los que sufren suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre a la salvación.»
El Papa ha venido como pastor, como Vicario de Cristo a decirle a los que viven en el gran misterio del sufrimiento que «nuestra sociedad, en la que demasiado a menudo se pone en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida, os necesita: vosotros contribuís decididamente a edificar la civilización del amor. Y como hijos de la Iglesia ofrecéis al Señor vuestras vidas, con sus penas y sus alegrías, colaborando con Él y entrando a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano.»






