martes, 12 de abril de 2011

La sacralidad de la persona no puede ser aniquilada


Cuando no es reconocido y amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn 1, 26), el ser humano queda expuesto a las formas más humillantes y aberrantes de «instrumentalización», que lo convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y «el más fuerte» puede asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas políticos inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud de personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales son violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y hasta de la patente injusticia de ciertas leyes civiles: el derecho a la vida y a la integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho a la familia y a la procreación responsable, el derecho a la participación en la vida pública y política, el derecho a la libertad de conciencia y de profesión de fe religiosa.

¿Quién puede contar los niños que no han nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados y maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto ni educación? En algunos países, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de casa y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar una vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y moral a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros grupos humanos.

Pero la sacralidad de la persona no puede ser aniquilada, por más que sea despreciada y violada tan a menudo. Al tener su indestructible fundamento en Dios Creador y Padre, la sacralidad de la persona vuelve a imponerse, de nuevo y siempre.

Extracto de la Exhortación Apostólica CHRISTIFIDELES LAICI de Juan Pablo II.

7 comentarios:

Mento dijo...

Sin duda es asi. Y nos pertenece a nosotros, los cristianos, ser los primeros en defender esta sacralidad. la sociedad esta demasiado aburguesada y alguien tiene que tomar la iniciativa para impulsar a las masas.

Carlos dijo...

¡Que el futuro beato Juan Pablo II siga luchando por la causa de la vida desde el cielo!

Salvador dijo...

Ha sido el cristianismo quien ha puesto al hombre y la mujer a la misma dignidad: "Quien repudie a su mujer y..."

Ha sido el cristianismo quien ha elevado a la dignidad de persona humana al hombre de toda raza y condición, aboliendo la esclavitud.

Y, el hombre sigue, por su cuenta, esclavizando al hombre, pues cuando su vida empieza a apagarse, ya estorba y pierde toda su valía. Es sólo una mercancía que vale en proporción a su rentabilidad material.

Y proclaman libertad, derechos y mentiras...Y siguen matando, esclavizando y objetivando a la persona humana. Y estamos a las puertas de nuevas elecciones, ¿qué decidimos?

Un fuerte abrazo en XTO.JESÚS.

Belen dijo...

AMEN.

Un cordial saludo

Mrswells dijo...

Muy bueno, sin alusion a lo sagrado, no hay nada que hacer.Gracias

José Miguel dijo...

Efectivamente, la sacralidad y la dignidad del ser humano procede de la filiación divina. Y el mayor acto sacrilego e indigno es el aborto.

NIP dijo...

Esa sacralidad de la que hablas es precisamente lo que más claramente ven los enemigos y encienden sus odios para atacar, esa sacralidad que en sí mismos maldicen.Un abrazo.

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).