
Cuando un niño nace hay una desvinculación física, pero el contacto de la madre con el niño, sobre todo a través de la lactancia, sigue manteniendo el estado de felicidad en la madre, que es como una continuidad de ese estado mental que se ha ido introduciendo durante la gestación. Cuando pasa un poco de tiempo, suele hablarse de una depresión postparto, porque ese estado disminuye porque aparece muy fuerte un estado de ansiedad o de preocupación por el miedo a que le pase algo al hijo. Esa depresión es muy característica y tiene una estimulación cerebral natural.
En una mujer que aborta, en un aborto espontáneo, hay un corte del estado mental propio que tiene con la gestación. Su organismo y su cerebro se han preparado para el cuidado del niño. Entonces se produce una crisis que es falta de esa alegría propia de la maternidad. Y si el aborto es provocado y ha sido voluntario, eso deja una fuerte marca de stress y de ruptura interior, mucho más fuerte que el golpe de separación natural. El aborto provocado es un drama también para el cerebro, y tiene tal magnitud que es conocido en psiquiatría la depresión que se produce después.
Se ha descrito que el aborto de repetición que parece poder producir acostumbramiento, no pocas veces termina en suicidio. La desarmonización del cerebro es dramática con el aborto provocado.
No puede haber una violencia mayor contra una mujer que cortarle, o cortar ella voluntariamente, un vínculo natural tan fuerte como es un embarazo. No existirían animales, no existiría la vida, si ese vínculo maternal no tuviera esa fuerza natural. No querer ni saber si se ha iniciado una vida y, por tanto, si se ha destruido un hijo, se entiende por una parte cuando se desea borrar lo que ha pasado. Pero por otra parte, podemos perder las referencias a cuestiones humanas tan fuertes como son los vínculos familiares. Y estos vínculos familiares son esenciales para que una persona se pueda desarrollar con normalidad.
Entrevista a Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquíma de la Universidad de Navarra. Leer entrevista completa aquí.
En una mujer que aborta, en un aborto espontáneo, hay un corte del estado mental propio que tiene con la gestación. Su organismo y su cerebro se han preparado para el cuidado del niño. Entonces se produce una crisis que es falta de esa alegría propia de la maternidad. Y si el aborto es provocado y ha sido voluntario, eso deja una fuerte marca de stress y de ruptura interior, mucho más fuerte que el golpe de separación natural. El aborto provocado es un drama también para el cerebro, y tiene tal magnitud que es conocido en psiquiatría la depresión que se produce después.
Se ha descrito que el aborto de repetición que parece poder producir acostumbramiento, no pocas veces termina en suicidio. La desarmonización del cerebro es dramática con el aborto provocado.
No puede haber una violencia mayor contra una mujer que cortarle, o cortar ella voluntariamente, un vínculo natural tan fuerte como es un embarazo. No existirían animales, no existiría la vida, si ese vínculo maternal no tuviera esa fuerza natural. No querer ni saber si se ha iniciado una vida y, por tanto, si se ha destruido un hijo, se entiende por una parte cuando se desea borrar lo que ha pasado. Pero por otra parte, podemos perder las referencias a cuestiones humanas tan fuertes como son los vínculos familiares. Y estos vínculos familiares son esenciales para que una persona se pueda desarrollar con normalidad.
Entrevista a Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquíma de la Universidad de Navarra. Leer entrevista completa aquí.


















