
«Presencia de Francisca. Historia de nuestra pequeña Francisca, que parece deslizarse por días sin historia.
El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro que se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa tronchada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. "Le ha sobrevenido una gran desgracia": alguien ha venido, era grande y no es una gran desgracia. No nos hemos contado sermones. No había más que guardar silencio ante este joven misterio que, poco a poco, nos ha invadido con su alegría. Me acuerdo de mis llegadas con permiso a Dreux, a Arcachon, con qué angustia la última... Sentía acercarme a esta cuna sin voz como a un altar, como a algún lugar sagrado donde Dios hablaba como por un signo. Una tristeza penetrante y profunda; profunda, pero ligera y transfigurada. Y alrededor de ella, una adoración, no tengo otra palabra.
Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le decía cosas a esta frente que no respondía nada, cuando mis ojos se arriesgaban hacia esta mirada distraída, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que miraba mejor que la mirada.
Misterio que sólo puede ser de bondad; me atreveré a decir: una desgracia demasiado grave, una hostia viva entre nosotros, muda como la hostia, resplandeciente como ella».
El autor de este texto, Emmanuel Mounier (1905-1950) es, como escritor y filósofo, uno de los más importantes representantes del movimiento personalista cristiano. Aquí reflexiona en torno al tema del dolor, abordando un hecho autobiográfico, su amor por su hija Francisca, víctima de una encefalitis a los pocos meses de vida.
El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro que se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa tronchada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. "Le ha sobrevenido una gran desgracia": alguien ha venido, era grande y no es una gran desgracia. No nos hemos contado sermones. No había más que guardar silencio ante este joven misterio que, poco a poco, nos ha invadido con su alegría. Me acuerdo de mis llegadas con permiso a Dreux, a Arcachon, con qué angustia la última... Sentía acercarme a esta cuna sin voz como a un altar, como a algún lugar sagrado donde Dios hablaba como por un signo. Una tristeza penetrante y profunda; profunda, pero ligera y transfigurada. Y alrededor de ella, una adoración, no tengo otra palabra.
Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le decía cosas a esta frente que no respondía nada, cuando mis ojos se arriesgaban hacia esta mirada distraída, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que miraba mejor que la mirada.
Misterio que sólo puede ser de bondad; me atreveré a decir: una desgracia demasiado grave, una hostia viva entre nosotros, muda como la hostia, resplandeciente como ella».
El autor de este texto, Emmanuel Mounier (1905-1950) es, como escritor y filósofo, uno de los más importantes representantes del movimiento personalista cristiano. Aquí reflexiona en torno al tema del dolor, abordando un hecho autobiográfico, su amor por su hija Francisca, víctima de una encefalitis a los pocos meses de vida.


.jpg)
.jpg)
+.jpg)
.bmp)
.jpg)
.bmp)
.jpg)
.jpg)
