Siempre has tenido esa tendencia a involucrarte emocionalmente con los pacientes, y si al final el niño no lo supera, te vas a llevar un disgusto. Además – dijo sonriendo la enfermera -recuerda que sólo le has dado un baño, no es realmente tu paciente.
Ángela asintió en silencio, sin ganas de discutir.
¡Qué absurdo que la enfermera se preocupara del hipotético disgusto que ella podía llevarse!
-Por otro lado – añadió la jefa de enfermeras – creo que ya tienes bastante con los pacientes de tu planta. Si quieres que te diga la verdad, hace un par de días
estuve hablando con tu jefa, y me dijo que estaba muy contenta contigo, pero que perdías demasiado tiempo con los pacientes.
Ángela la miró sorprendida y repuso:
-Pues no me ha dicho nada...
-Quizá esté esperando el momento oportuno para decírtelo. No debería habértelo comentado, pero es que recuerdo muy bien tu paso por maternidad y, ciertamente, tenías ese problema.
Dominas muy bien todas las técnicas de la enfermería, pones inyecciones como la mejor, los médicos solicitan siempre que seas tú la que acudas cuando tienen que hacer una endoscopia, se te da bien insertar una sonda,
pero...
-¿Pero qué? – preguntó Ángela, animándola a continuar.
-
Pues que eres demasiado sentimental. Bueno, ya lo he dicho, espero que no te ofendas, pero eso es lo que pensamos casi todos tus compañeros.
-Ya veo- dijo Ángela.- Bueno, no te preocupes, mientras sea esa toda la queja...
-Pues mira Ángela, eso no es todo.
Verás, aquí estamos saturados de trabajo. No damos abasto. Tu sabes muy bien que a veces terminamos haciendo servicios que no nos corresponden. El otro día sin ir más lejos tres compañeros hicieron un plante justo antes de un parto de urgencia, y ahora mismo están expedientados por el hospital.
-¿Y eso que tiene que ver conmigo? A mí hacer un plante en un momento así me parece una irresponsabilidad gravísima, pero no entiendo porqué sacas ahora ese tema.
-Pues te lo cuento para que veas cómo están las cosas. Si nuestros compañeros hicieron eso fue como medida de presión, para quejarse de la cantidad de trabajo que tenemos.
Y si encima hay compañeras como tú, que pierden el tiempo con los pacientes, pues no te digo nada...
-
No se a qué llamas tú perder el tiempo. Yo soy enfermera, y entre mis funciones no están sólo las de administrar los medicamentos que manda el médico o hacer curas.
También es responsabilidad nuestra acompañar a los pacientes y auxiliarles puntualmente cuando vemos que lo necesitan. Somos colaboradores de los médicos a la hora de sanar y cuidar de un paciente, y por fuerza, tenemos que implicarnos en los aspectos psicológicos de su curación.
-Ya, pero así te pasas las horas de cháchara con los pacientes y los compañeros piensan que eres muy insolidaria con ellos.
El busca de Ángela sonó dos veces y ella aprovechó la excusa para zanjar la conversación. Comprendía la demanda de sus compañeros. Era raro el día que cumplían el horario. Normalmente, su jornada laboral se alargaba, y muchos vivían frustrados porque no llegaban a atender todas sus obligaciones. El hospital estaba saturado de enfermos... pero aún así,
Ángela se sentía incapaz de convertirse simplemente en parte de una maquinaria muy bien engrasada.
Recordó su primera entrevista de trabajo. Cuando el director de personal le preguntó porqué se había hecho enfermera,
ella respondió que había elegido esa profesión por motivos humanitarios. Deseaba ayudar a sus semejantes, y consideraba que para trabajar de enfermera, hacía falta tener “vocación”.
“¡Qué poco importante parece eso ahora!”, pensó Ángela.
A la hora de la verdad, lo que tus jefes te pedían era que fueras eficaz aplicando las técnicas de enfermería, pero la atención personal al paciente, el escucharle, acompañarle, incluso consolarle, no se consideraba importante.(Continuará)