
El doctor Barbero tenía el aspecto de un hombre quemado por el trabajo y por la ambición de ser alguien. Eran las siete y media de la mañana, y estaba a punto de comenzar la reunión.
Todas las mañanas, un grupo médicos y algunos de sus alumnos se reunían para repasar los historiales de los pacientes y preparar el trabajo del día. Si había alguna intervención programada, el responsable la explicaba a los demás, para que los alumnos fueran familiarizándose con el trabajo práctico.
A punto de entrar en la pequeña sala de reuniones que había junto a su despacho, el doctor Barbero estaba irritado. Uno de sus alumnos llegaba tarde y eso le molestaba. ¿Es que este niñato creía que se podía prosperar dando plantón a un profesor? Y el caso es que no era un mal estudiante. Tenía especial interés en él, porque estudiaba y sacaba buenas notas, pero no poseía ninguna experiencia en el trato con los pacientes. El trabajo de campo también era importante y por esa razón, le había insistido en que se presentara a pasar la ronda de la mañana.
Por la esquina del pasillo, apareció corriendo un joven. Mientras se abrochaba la bata se acercó al doctor Barbero disculpándose por la tardanza.
-¡Romero, que sea la última vez!- le espetó el doctor Barbero. –La próxima vez que llegue tarde, puede despedirse de hacer prácticas hasta el próximo curso.
Álvaro Romero afirmó en silencio, temeroso de añadir algo a sus disculpas. Sabía que Barbero tenía una buena opinión de él y no quería causarle mala impresión.
En tres ocasiones, el doctor le había permitido asistirle mientras pasaba consulta por las tardes, y había observado que el médico era tan estricto como el profesor. Escuchaba durante unos minutos, hacía dos o tres preguntas, examinaba al paciente y lo despachaba con alguna medicación o con la recomendación de una intervención quirúrgica. No intentaba ser amable. Para él, lo importante era ser respetado. Álvaro, mientras tanto, permanecía mudo observando. Entre paciente y paciente, el doctor Barbero le explicaba algunas peculiaridades del caso y le permitía hacer preguntas.
Álvaro se sentía muy agradecido por ello, consciente de que gozaba de un privilegio que no todos los alumnos podían disfrutar. Era un joven de veintitrés años, ilusionado por terminar la carrera de medicina y especializarse en neurología. Su padre era comerciante y había hecho un gran esfuerzo para darle a Álvaro una educación universitaria.
El doctor Barbero entró en la sala y doctores y alumnos se sentaron alrededor de una gran mesa ovalada, dispuestos a repasar los historiales de los pacientes.
Álvaro, tomaba apuntes en silencio. Por lo general, disfrutaba mucho en estas reuniones, porque resultaban muy formativas. Todos los allí presentes tenían algo en común, su interés por la medicina y por la salud de sus pacientes, y compartían un mismo lenguaje.
Al llegar al historial de Pablo Hernández, el doctor Barbero comentó:
-Paciente con lesión medular traumática en la cuarta vértebra cervical, causante de tetraplejia. Sufrió un accidente hace seis meses. Después de unos días en coma, fue operado y tratado con rehabilitación en otro hospital. Nos los remitieron hace dos meses. Aquí, ha sido intervenido quirúrgicamente por mi equipo. Tiene una mínima movilidad en los hombros. En fin- concluyó -éste paciente ya lo hemos estudiado otras veces. No merece la pena volver sobre él, porque su estado es irreversible y nada podemos hacer.
Álvaro, levantó la cabeza sorprendido por el comentario. Uno de los estudiantes preguntó:
-Imagino que algo sí se podrá hacer. No sé ¿no está recibiendo ningún tratamiento psicológico?
-Por supuesto que sí- terció rápidamente otro de los doctores. –En este hospital tenemos una importante unidad de Psiquiatría y Psicología clínica. Ya saben ustedes que para nosotros es prioritario que los pacientes, además de los cuidados médicos habituales, reciban atención psicológica.
-¡Para lo que sirve!- interrumpió Barbero. -¿Cómo te sentirías tú si estuvieras en su lugar?- inquirió dirigiéndose al alumno que había preguntado y tuteándole. -Yo te lo diré, querrías morirte. Bueno, pues eso es lo que con toda lógica desea este paciente, y lo normal sería que lo dejáramos en paz. Además- añadió -los psicólogos tienen como misión principal la de ayudar al paciente para que asuma sus limitaciones e intente integrarse nuevamente en la sociedad. Eso no esta sucediendo en este caso, aunque les diré que no me extraña. Seguramente, ninguno de nosotros querríamos vivir en una situación semejante.
-Pero, supongo que continuará con la rehabilitación, ¿no? Además...
-Señores, por favor- interrumpió Barbero –naturalmente que los fisioterapeutas están haciendo lo posible para mantener la mínima funcionalidad de los músculos que aún puede mover. Pero como pueden imaginar, su estado es irreversible.
-Aquí también hay una buena unidad de cuidados paliativos... - terció otro de los alumnos.
-No son cuidados paliativos lo que necesita este paciente.
El doctor Barbero dejó los papeles y uniendo las manos encima de la mesa dijo:
-Miren, unas veces, los médicos podemos tratar a determinados pacientes con los cuidados paliativos, pero otras no. Cuando alguien está a punto de morir, podemos ayudarle con la sedación final. Pero un paciente cuyo problema no podemos curar... y que no desea vivir... requiere otra cosa. El suicidio asistido, tendría que ser un recurso válido en estos casos- sentenció.
Todas las mañanas, un grupo médicos y algunos de sus alumnos se reunían para repasar los historiales de los pacientes y preparar el trabajo del día. Si había alguna intervención programada, el responsable la explicaba a los demás, para que los alumnos fueran familiarizándose con el trabajo práctico.
A punto de entrar en la pequeña sala de reuniones que había junto a su despacho, el doctor Barbero estaba irritado. Uno de sus alumnos llegaba tarde y eso le molestaba. ¿Es que este niñato creía que se podía prosperar dando plantón a un profesor? Y el caso es que no era un mal estudiante. Tenía especial interés en él, porque estudiaba y sacaba buenas notas, pero no poseía ninguna experiencia en el trato con los pacientes. El trabajo de campo también era importante y por esa razón, le había insistido en que se presentara a pasar la ronda de la mañana.
Por la esquina del pasillo, apareció corriendo un joven. Mientras se abrochaba la bata se acercó al doctor Barbero disculpándose por la tardanza.
-¡Romero, que sea la última vez!- le espetó el doctor Barbero. –La próxima vez que llegue tarde, puede despedirse de hacer prácticas hasta el próximo curso.
Álvaro Romero afirmó en silencio, temeroso de añadir algo a sus disculpas. Sabía que Barbero tenía una buena opinión de él y no quería causarle mala impresión.
En tres ocasiones, el doctor le había permitido asistirle mientras pasaba consulta por las tardes, y había observado que el médico era tan estricto como el profesor. Escuchaba durante unos minutos, hacía dos o tres preguntas, examinaba al paciente y lo despachaba con alguna medicación o con la recomendación de una intervención quirúrgica. No intentaba ser amable. Para él, lo importante era ser respetado. Álvaro, mientras tanto, permanecía mudo observando. Entre paciente y paciente, el doctor Barbero le explicaba algunas peculiaridades del caso y le permitía hacer preguntas.
Álvaro se sentía muy agradecido por ello, consciente de que gozaba de un privilegio que no todos los alumnos podían disfrutar. Era un joven de veintitrés años, ilusionado por terminar la carrera de medicina y especializarse en neurología. Su padre era comerciante y había hecho un gran esfuerzo para darle a Álvaro una educación universitaria.
El doctor Barbero entró en la sala y doctores y alumnos se sentaron alrededor de una gran mesa ovalada, dispuestos a repasar los historiales de los pacientes.
Álvaro, tomaba apuntes en silencio. Por lo general, disfrutaba mucho en estas reuniones, porque resultaban muy formativas. Todos los allí presentes tenían algo en común, su interés por la medicina y por la salud de sus pacientes, y compartían un mismo lenguaje.
Al llegar al historial de Pablo Hernández, el doctor Barbero comentó:
-Paciente con lesión medular traumática en la cuarta vértebra cervical, causante de tetraplejia. Sufrió un accidente hace seis meses. Después de unos días en coma, fue operado y tratado con rehabilitación en otro hospital. Nos los remitieron hace dos meses. Aquí, ha sido intervenido quirúrgicamente por mi equipo. Tiene una mínima movilidad en los hombros. En fin- concluyó -éste paciente ya lo hemos estudiado otras veces. No merece la pena volver sobre él, porque su estado es irreversible y nada podemos hacer.
Álvaro, levantó la cabeza sorprendido por el comentario. Uno de los estudiantes preguntó:
-Imagino que algo sí se podrá hacer. No sé ¿no está recibiendo ningún tratamiento psicológico?
-Por supuesto que sí- terció rápidamente otro de los doctores. –En este hospital tenemos una importante unidad de Psiquiatría y Psicología clínica. Ya saben ustedes que para nosotros es prioritario que los pacientes, además de los cuidados médicos habituales, reciban atención psicológica.
-¡Para lo que sirve!- interrumpió Barbero. -¿Cómo te sentirías tú si estuvieras en su lugar?- inquirió dirigiéndose al alumno que había preguntado y tuteándole. -Yo te lo diré, querrías morirte. Bueno, pues eso es lo que con toda lógica desea este paciente, y lo normal sería que lo dejáramos en paz. Además- añadió -los psicólogos tienen como misión principal la de ayudar al paciente para que asuma sus limitaciones e intente integrarse nuevamente en la sociedad. Eso no esta sucediendo en este caso, aunque les diré que no me extraña. Seguramente, ninguno de nosotros querríamos vivir en una situación semejante.
-Pero, supongo que continuará con la rehabilitación, ¿no? Además...
-Señores, por favor- interrumpió Barbero –naturalmente que los fisioterapeutas están haciendo lo posible para mantener la mínima funcionalidad de los músculos que aún puede mover. Pero como pueden imaginar, su estado es irreversible.
-Aquí también hay una buena unidad de cuidados paliativos... - terció otro de los alumnos.
-No son cuidados paliativos lo que necesita este paciente.
El doctor Barbero dejó los papeles y uniendo las manos encima de la mesa dijo:
-Miren, unas veces, los médicos podemos tratar a determinados pacientes con los cuidados paliativos, pero otras no. Cuando alguien está a punto de morir, podemos ayudarle con la sedación final. Pero un paciente cuyo problema no podemos curar... y que no desea vivir... requiere otra cosa. El suicidio asistido, tendría que ser un recurso válido en estos casos- sentenció.
(Continuará...)





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