viernes, 12 de junio de 2009

Una vida por vivir (21) "Álvaro"


La puerta principal de la facultad de medicina se hallaba muy concurrida. Las clases de la mañana habían acabado y la mayoría de los estudiantes salían a toda prisa, dispuestos a tomar un aperitivo. Álvaro salió con paso decidido y regresó directamente a la residencia de estudiantes donde vivía. En la mano, llevaba un par de libros y una carpeta con apuntes. Sin la bata blanca, parecía más joven.

Hoy no se sentía animado para ir con sus compañeros a ninguna parte. Por el camino, paró en un supermercado y compró un par de bocadillos y una lata de coca cola fría.

Su habitación en la residencia era un pequeño cuarto no muy luminoso, lleno de libros y cachivaches deportivos. Todo estaba desperdigado en dos grandes mesas, una de las cuales, había situado justo bajo la ventana, para poder estudiar con luz natural. Se sentó, sacó los bocadillos y la bebida y, abriendo el libro de genética, se dispuso a estudiar mientras comía.

Al cabo de una hora, se percató de que no había sido capaz de subrayar siquiera un tema. Se levantó inquieto y paseó por la habitación con el libro en la mano, tratando de memorizar las principales definiciones. El ruido del pasillo le molestaba, y muchas veces tenía que estudiar de noche. Finalmente, se rindió. Era evidente que hoy no podía aprovechar el tiempo.

Miró el reloj. No quería retrasarse, porque el doctor Llanos, un famoso traumatólogo infantil, le había dicho al finalizar la ronda matutina que podía presenciar un par de consultas externas que tenía por la tarde.

Después de las visitas realizadas por la mañana, había asistido a clases durante varias horas pero no había podido concentrarse en ellas. Tenía la mente puesta en otras cosas. Había pasado toda la clase de Anatomía Patológica distraído, pensando en su polémica discusión con el doctor Barbero, pero, sobre todo, pensando en Pablo. Por una parte, intentaba imaginar como se sentiría él en una situación semejante. Por otra, se preguntaba cual habría sido su actitud en caso de haber sido su médico.

En la facultad, los alumnos habían debatido varias veces con los profesores, sobre cómo debían ser las relaciones médico-paciente. La mayoría de los profesionales zanjaban el asunto afirmando que el médico tenía que ser cortés, veraz y diligente en la aplicación de los tratamientos, pero sin involucrarse emocionalmente con el paciente. Álvaro, estaba en general de acuerdo, pero pensaba que el enfermo, como ser humano, precisaba algo más que un diagnóstico y un tratamiento. Necesitaba además ver en el médico simpatía y comprensión.

Álvaro, odiaba la medicina paternalista y retrógrada que aún practicaban muchos médicos. Esa en la que el facultativo le dice al paciente que por la mañana debe tomar la píldora blanca, por la tarde la amarilla y por la noche la negra. La clase de medicina en la que el profesional desconfía del paciente y no se siente obligado a explicarle nada “porque, total, no lo va a entender”.

No entendía porqué un medico se ofendía si su paciente consultaba a un colega suyo en busca de una segunda opinión. La soberbia del científico era un pecado muy común entre los profesionales de la medicina. Y eso, a Álvaro le resultaba curioso, dado que había muchas enfermedades que aún no podían curar y muchos tratamientos con terribles efectos secundarios.

Comprendiendo que no iba a poder estudiar más, dejó el libro y salió a la calle. Se dirigió apresuradamente al hospital, atravesando el campus de la universidad.

(Continuará)

5 comentarios:

Ricardo dijo...

Yo tampoco entiendo por qué los médicos se ofenden cuando el paciente pide una segunda opinión. Es como si pensaran que sus conocimientos les convierten en un dios. La soberbia en esta profesión es el peor pecado.

Carmen dijo...

Gracias por continuar con esta historia. No quiero desengancharme. Te propongo que al menos cuelgues un par de capítulos por semana. Un beso.

misideascotidianas dijo...

"La soberbia del científico era un pecado muy común entre los profesionales de la medicina."

Y entre todos los mortales.

Luisa

ARCENDO dijo...

Excelente y formativa historia, tan real como la vida misma..., estoy deseando seguir con el siguiente episodio. SALUDOS.

Guerrera de la LUZ dijo...

Pues yo creo que sí que los médicos deben involucrarse con el paciente. No es cuestión de que se lo lleven a su casa y de que hagan de padres, pero el trato inhumano en algunos hospitales es algo repulsivo. Tiene que haber un término medio.

Un beso cielo. Y gracias por la aportación que me has dejado en el post de hoy, gracias por compartir tu formación, es impresionante y estoy segura de que ayuda a mucha gente.

Unidas en la batalla!!! Tú sí que sirves!!

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).