
Son palabras del Cardenal Rouco, Arzobispo de Madrid, en la homilía de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (14-6-2009).
Dolorosa y trágica al máximum es también la situación de los que van a nacer: del hombre en el estadio de mayor indigencia y desvalimiento.
¡No tiene garantizado el derecho a la vida!
Un derecho que es el primero de los derechos de todo ser humano y que precede a todos los demás en el orden de su realización, y, por supuesto, en el orden lógico y ético que los relaciona entre sí.
El número de niños no nacidos a causa del aborto provocado alcanza en la Europa y en la España de los últimos treinta años cifras indecibles; en cualquier caso, enormes. Las nuevas legislaciones en vez de corregir y rectificar este curso fatídico del ordenamiento jurídico en el sentido de un pleno reconocimiento del derecho a la vida de todo ser humano, como un derecho fundamental, anterior al Estado y a la sociedad, lo que hacen es disponerse a ampliar y a facilitar los cauces legales para esa práctica tan terriblemente deshumanizadora para la propia mujer afectada y para la sociedad que la permite, tolera y acoge sin excesivos remordimientos de conciencia.
Lo más triste de lo que está sucediendo es, a fin de cuentas, el grado de la aceptación social del aborto por amplios sectores de la opinión pública. Aquí es, pues, donde entran en juego principalmente nuestras responsabilidades de fieles y ciudadanos católicos que saben y conocen la gravedad del mandamiento de Dios que es quebrantado y que conlleva una profunda negación de la caridad cristiana y, consiguientemente, el desprecio de Aquél que dio su vida para que tengamos vida y vida abundante, Jesucristo, nuestro Señor, presente con el sacrificio de su Amor, en este Santísimo Sacramento que hoy adoramos y veneramos de nuevo como “el Sacramento del Amor de los Amores”.
Seamos conscientes de que la hora presente en la que estamos viviendo es de un innegable dramatismo, lacerante y cruel. ¡No cerremos los ojos a la realidad que nos circunda!
Si nuestra adoración eucarística es vivida en verdad, con la conciencia purificada de “nuestras obras muertas” por el Sacramento de la Penitencia, aportaremos a nuestros hermanos, dentro y fuera de nuestras comunidades eclesiales, un testimonio gozoso de esperanza, tanto más creíble cuanto más se traduzca en una conversión sincera de nuestras vidas y en un cambio de dirección de nuestras miradas, para que vuelvan a fijarse en las necesidades y miserias corporales y espirituales de los que nos rodean y de la entera sociedad, con la voluntad dispuesta a aliviarles y curarles con verdadero amor.
Dolorosa y trágica al máximum es también la situación de los que van a nacer: del hombre en el estadio de mayor indigencia y desvalimiento.
¡No tiene garantizado el derecho a la vida!
Un derecho que es el primero de los derechos de todo ser humano y que precede a todos los demás en el orden de su realización, y, por supuesto, en el orden lógico y ético que los relaciona entre sí.
El número de niños no nacidos a causa del aborto provocado alcanza en la Europa y en la España de los últimos treinta años cifras indecibles; en cualquier caso, enormes. Las nuevas legislaciones en vez de corregir y rectificar este curso fatídico del ordenamiento jurídico en el sentido de un pleno reconocimiento del derecho a la vida de todo ser humano, como un derecho fundamental, anterior al Estado y a la sociedad, lo que hacen es disponerse a ampliar y a facilitar los cauces legales para esa práctica tan terriblemente deshumanizadora para la propia mujer afectada y para la sociedad que la permite, tolera y acoge sin excesivos remordimientos de conciencia.
Lo más triste de lo que está sucediendo es, a fin de cuentas, el grado de la aceptación social del aborto por amplios sectores de la opinión pública. Aquí es, pues, donde entran en juego principalmente nuestras responsabilidades de fieles y ciudadanos católicos que saben y conocen la gravedad del mandamiento de Dios que es quebrantado y que conlleva una profunda negación de la caridad cristiana y, consiguientemente, el desprecio de Aquél que dio su vida para que tengamos vida y vida abundante, Jesucristo, nuestro Señor, presente con el sacrificio de su Amor, en este Santísimo Sacramento que hoy adoramos y veneramos de nuevo como “el Sacramento del Amor de los Amores”.
Seamos conscientes de que la hora presente en la que estamos viviendo es de un innegable dramatismo, lacerante y cruel. ¡No cerremos los ojos a la realidad que nos circunda!
Si nuestra adoración eucarística es vivida en verdad, con la conciencia purificada de “nuestras obras muertas” por el Sacramento de la Penitencia, aportaremos a nuestros hermanos, dentro y fuera de nuestras comunidades eclesiales, un testimonio gozoso de esperanza, tanto más creíble cuanto más se traduzca en una conversión sincera de nuestras vidas y en un cambio de dirección de nuestras miradas, para que vuelvan a fijarse en las necesidades y miserias corporales y espirituales de los que nos rodean y de la entera sociedad, con la voluntad dispuesta a aliviarles y curarles con verdadero amor.

10 comentarios:
Muy en su sitio, Rouco; y no es ni más ni menos que la verdad lo que dice.
Eché de menos manifestaciones masivas por parte de todos los que estuviesen a favor del derecho a la vida.
Me pareció poquísimo lo de la recogida de firmas a través del autobús Pro-vida, aunque con innegables buenas intenciones.
Igual que ante la guerra de Irak, mucha gente se echó a la calle, ¿por qué ahora no?
¿por qué ahora no?
Como dice el Sr. Cardenal, el grado de la aceptación social del aborto es brutal, y ahí es donde entra nuestra responsabilidad de cristianos. Ojalá los pastores pronuncien estas palabras u otras semejantes antes de las elecciones, para que los cristianos sean conscientes de su gran responsabilidad.
Qué importante es ir transmitiendo estos mensajes. Fundamental.
Un abrazo cielo.
Qué importante es ir transmitiendo estos mensajes. Fundamental.
Un abrazo cielo.
No se donde lo leí recientemente pero me impactó, decía que la sociedad se dividirá en dos bloques, independientemente de la política, incluso de la religión, los que están a favor del aborto y los que están en contra.
Mi razón no alcanza a comprender por qué hay tanta gente a favor del aborto.
Un abrazo
La aceptación social del aborto es señal del grado de envilecimiento,de la perdida de valores éticos y morales que padece,entregada aun relativismo nihilista donde cualquier acto merece comprensión bajao la falacia de unos supuestos derechos que pasan por masacrar el más sagrado de todos;el derecho a la vida.
Dice Rouco algo fundamental. Puede que haya gente que actúe por ignorancia. No así los católicos que saben y conocen la gravedad del mandamiento de Dios que es quebrantado y lo que conlleva. A ver si estos escuchan, porque a veces son los primeros en lavarse las manos.
¿Por qué no se actúa con más contundencia? Los obispos lo dicen, pero la actuación de los provida queda plasmada en firmas, colocación de pegatinas y asistencia a alguna manifestación. ¿Es eso suficiente?
Ignacio
Como dice Natalia, lo que hay es una gran pérdida de valores. Cambiar esto requiere una transformación social profunda que comience en la educación de los niños.
Donde yo trabajo, los profesores tenemos que andar con un cuidado exquisito a la hora de hablar del matrimonio, familia educación sexual, etc. Cualquier comentario a favor de la vida, la familia o el matrimonio tradicional, puede ser interpretado como un ataque a los homosexuales, a la mujer o a algún "colectivo minoritario".
Efectivamente lo peor de todo es que la sociedad acepte el aborto como si nada.En fin, tantos derechos humanos ¿para que?
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