viernes, 29 de mayo de 2009

Una vida por vivir (20) "La dignidad del enfermo"


Ángela abandonó maternidad decidida a acudir al control de enfermeras de su planta para ver si los médicos habían dejado algún recado para ella, pero a mitad de camino cambió de opinión y decidió ir directamente a ver cómo se encontraba Pablo.

Mientras bajaba las escaleras, Roberto, de vuelta de radiología, estaba instalando a Pablo de nuevo en su habitación. Ángela, que los había visto venir por el pasillo, se acercó y entró en la habitación tras ellos.

-¿Qué tal ha ido todo?

Roberto contestó optimista, situando la cama de Pablo en su sitio:

-Muy bien. Hemos tardado un poco, pero ¡qué remedio! No encontraban la grúa para trasladar a Pablo desde la cama a la mesa de rayos. Y como la placa no se podía realizar en la cama...

-Eso, según el técnico que nos ha tocado hoy.- Intervino Pablo -Otras veces, me han hecho la radiografía en la cama, y todo ha sido menos complicado. Pero como aquí el que manda es el último que llega... Y si el novato dice que hay que traer la grúa, se trae, faltaría más. Que es un trastorno para el paciente..., pues que se jorobe, que aquí mando yo. Ya sabes cómo funcionan las cosas...

-Lo sé, Pablo, lo sé. Hay que tener una paciencia infinita.- dijo Ángela. –Por cierto, me ha dicho Margarita que casi no has desayunado. Si te apetece, luego puedo traerte algo a media mañana. De momento, podemos empezar por el aseo.

Roberto intervino:

-Bueno, en ese caso, comenzaremos con el enema y luego te lavaremos. No te importa que hoy me ayude Ángela ¿verdad Pablo? Alfredo está muy ocupado en este momento con otro paciente.

Pablo lo miró sin expresión.

-¡Qué remedio...!- contestó. -¿Puedo elegir acaso? Estoy aquí y podéis hacer conmigo lo que os dé la gana, tanto si me gusta como si no.

Roberto y Ángela se miraron dudando por un momento. Finalmente Roberto se encogió de hombros.

-Bueno, pues entonces empecemos de una vez.

Acercándose a la cama, comenzaron a desnudarlo. Ángela se preguntó si algún superior estaría intentando localizarla para otro trabajo. Se dijo: “Para hacer esta labor, podría hacer venir a otra enfermera con menos experiencia, pero Pablo no se sentiría cómodo. El centro de mi misión es el enfermo, no la enfermedad, ni el hospital. Estoy donde tengo que estar”.

Pablo, mientras tanto, permanecía callado. Había aprendido a ausentarse en estas situaciones.

Al principio, cuando los médicos le examinaban en presencia de enfermeros, estudiantes y curiosos, Pablo, desnudo sobre la camilla, se sentía como un trozo de carne colgado de un gancho y expuesto en el escaparate de una carnicería. Ellos, apenas si le hablaban. Estaban acostumbrados a la miseria humana y nada les impresionaba. Sin embargo, no permanecían en silencio. Por el contrario, hacían todo tipo de comentarios. Unas veces sobre su paciente, como si éste no se encontrara allí; Otras, sobre el pasado fin de semana, el partido de fútbol o el último ligue. A veces, simplemente reían desinhibidos, ignorando su presencia. Pablo pensaba que no había conocido el verdadero significado de la palabra humillación, hasta que no se había encontrado enfermo y disminuido. Y era consciente de que ese sentimiento de degradación no provenía tanto de su discapacidad, como del comportamiento de sus semejantes.

Ángela y Roberto, por el contrario, le trataban como lo que era, un ser humano lleno de dignidad, y Pablo se sentía agradecido por ello, aunque últimamente, su estado de ánimo le impedía expresarlo.

El enema diario, la irrigación vesical, el afeitado y el lavado en la cama, el cambio de la sonda de la orina o de los pañales, según fuera su estado, habían pasado a formar parte de su cotidianeidad. Al principio, el pensar que dependía de otras personas para las cosas más elementales, lo había sublevado. Ahora, en cambio, se había instalado en una cómoda indiferencia, un distanciamiento en el que su higiene personal y los cuidados más elementales que necesitaba no le preocupaban lo más mínimo. Ya se encargaban otros de eso.

Se preguntó inquieto qué sucedería cuando se fuera a casa. Naturalmente habría un enfermero para atenderle, pero seguramente, tendría que tomar decisiones al respecto. Pablo reconocía que el primero que debía saber como tratar a su cuerpo era él mismo.

Cerró los ojos y los apretó con fuerza, intentando no pensar en ello. Ya se lo plantearía cuando llegara el momento. Al fin y al cabo, se dijo con ironía, tiempo no le iba a faltar.

-¿Quieres que te pongamos el pijama azul o el marrón?.- La voz de Ángela lo sacó de su ensimismamiento y la miró con enfado.

Con su habitual dureza le contestó:

-¿Te importaría dejar de jugar a la madre Teresa y acabar de una vez?

La expresión dolida de Ángela le produjo una cruel satisfacción, pero ésta duró apenas un segundo. Inmediatamente, su complacencia se transformó en irritación. Se sentía estúpido por haber disgustado sin necesidad a una persona amiga. Últimamente, se sentía agredido por muchos flancos, y su respuesta era la de responder a su vez con agresividad, pero siempre terminaba atacando a los más cercanos, y a quienes menos lo merecían. Apesadumbrado, una vez más, se dejó invadir por la tristeza.


(Continuará)

5 comentarios:

Guerrera de la LUZ dijo...

Qué historia más bonita Eli, yo estoy entusiasmada. Hoy me he acordado mucho de Oskar, mi amigo tetrapléjico. A veces tienen ataques de crueldad que les satisfacen, es cierto, yo también lo he notado.

Como frase estrella del fragmento de hoy me quedo con la de Angela: "El centro de mi misión es el enfermo, no la enfermedad, ni el hospital. Estoy donde tengo que estar".

Que siempre cada uno sepamos cuál es el centro de nuestra misión.

Un abrazo cielo, gracias.

misideascotidianas dijo...

Este post tiene mucha enjundia.
La dignidad de la persona.
El trato al enfermo.
El trato a los profesionales.
Me ha gustado mucho.
Un bs
Luisa

Carmen dijo...

Me alegro que continúes con esta historia. Estoy deseando saber qué le pasa a Pablo…

Altea dijo...

No sé si es algo personal, pero a mí me sucede como a Pablo: cuando el personal sanitario está atendiéndome, me molesta que hablen entre ellos de sus cosas, como si se tratara de mera rutina. Somos pacientes, no filetes que hay que envasar al vacío, uno detrás de otro.
Quizás son cosas de las que uno no se da cuenta hasta que está al otro lado.

Ricardo Tribin dijo...

Muy interesante tu post.

Tanto en la vida, en la enfermedad como cerca o ya en la muerte, todos merecemos ser tratados con dignidad.

Un abrazo..

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).