lunes, 18 de mayo de 2009

Una vida por vivir (17) Una historia de esperanza


Nati hizo una pausa, recordando su encuentro con Pablo. Triste era poco. Lo había visto verdaderamente deprimido y eso le preocupaba.

–El caso es que le he dicho que esta tarde pasaré a visitarlo. No sé si realmente él quiere verme o no, pero no pienso faltar.

Nati sentía una gran empatía hacia los otros enfermos. Pensaba que si la experiencia de los demás se parecía en algo a la suya, lo debían de haber pasado muy mal. A veces incluso, pensaba que peor. Se imaginó a Pablo, tal como debía de ser antes del accidente. Un chico guapo, joven y fuerte, deportista, siempre en moto o corriendo de un lado para otro. Un hombre que se siente libre, seguro de sí mismo y que de repente se vuelve como un niño indefenso. Si a eso se le añade el distanciamiento que los médicos parecen guardar con sus pacientes... no era de extrañar que Pablo se sintiera tan desesperanzado.

Miró a Jaime que parecía feliz, absorto en la película de su héroe favorito. El niño y ella tenían algo en común. Hacía mucho que los dos se sabían frágiles y vulnerables pero, al mismo tiempo, eran buenos encajadores. Recibían los golpes de la vida con una sonrisa porque eran de esas personas capaces de caer y volver a levantarse sin perder el ánimo. La vida los había hecho resistentes, pero su corazón no estaba endurecido frente al dolor ajeno. Convivían con la enfermedad con toda naturalidad y aún en medio de sus sufrimientos, sabían ser felices.

Durante unos instantes, retrocedió con la mente unos años. Recordó con claridad el día en que su médico, con la mayor de las delicadezas, le pidió que esperara en la salita mientras él hablaba con sus padres. Ella, con tan solo trece años, salió feliz y despreocupada y se puso a charlar con la secretaria. Su confianza era tal, que no le agobiaba lo más mínimo lo que el médico pudiera explicarle a sus padres.

Sin embargo, aquella noche, su padre habló con ella para decirle que iba a necesitar un tratamiento de quimioterapia. Aunque no lo nombró, Nati supo que se trataba de cáncer. Su padre permanecía sereno, pero su madre tenía lágrimas en los ojos.

Nati se quedó petrificada por el miedo. La idea de lo que podría ocurrirle, le impedía pensar con claridad. Aquella noche, se acostó asustada. Su madre entró en su cuarto para darle las buenas noches aparentando tranquilidad, y ella fingió encontrarse tranquila y confiada, como una niña pequeña. Pero ya había dejado de serlo. La niña había desaparecido y el miedo a la muerte, al dolor y al sufrimiento, habían transformado a Nati en una mujer.

Acostada en su cama, en la oscuridad, rodeada de peluches y posters de colores, Nati lloró en silencio, temerosa de que sus padres la oyeran. No deseaba que acudieran a consolarla, porque sabía que el dolor de su familia era tan grande como el suyo. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas sin que ella hiciera nada para evitarlo, su mirada se fijó en un pequeño cuadro de la Virgen que colgaba de la pared más cercana. En la penumbra casi no podía verla, pero comprendió que la Madre de Jesús, su Madre, sí la veía y velaba por ella y, con este pensamiento consolador, se había quedado dormida invadida por una gran serenidad.

En las semanas que siguieron, intentó ir al colegio con normalidad. Un día, estando en el comedor, sintió un dolor muy fuerte en la boca del estómago. Se desplomó allí mismo. Llamaron a sus padres que acudieron asustados y la llevaron a urgencias. Ese fue el principio de su calvario. La quimioterapia y la radioterapia le causaron terribles efectos secundarios, y los largos periodos de hospitalización, hicieron imposible que continuara en el colegio. Nati se convirtió en una asidua de los hospitales.

Su fe infantil y la certeza de que Dios no quería nada malo para ella, la hicieron mantenerse fuerte. Cuando se sentía demasiado agotada para hablar, tomaba en sus manos una estampa de la Virgen y la apretaba con fuerza. A pesar de su fragilidad, se sentía amada por Dios y segura de que su vida y su enfermedad tenían un sentido.

Poco a poco, y debido a las recaídas, Nati fue adquiriendo conciencia de la muerte. No sabía cuando ésta podía llegar. Cada crisis era un momento de miedo y cada recuperación, de esperanza. Aprendió a convivir con la idea de que una enfermedad amenazaba su vida, y enseñó a sus padres y a su familia a aceptar a la situación, y no simplemente a resignarse con ella.

Nati, a sus diecisiete años, nunca había tenido novio, pero a estas alturas, era una auténtica experta en el amor, y poco a poco, cada día, se dedicaba a celebrar la vida.

Recordó con agradecimiento a las enfermeras de oncología que con paciencia y cariño la habían ayudado a superar los traumas producidos por la cirugía y por los tratamientos tan agresivos que recibía. Pensó en las amistades que sus padres y ella habían hecho durante las larguísimas horas en los pasillos del hospital o en las salas de espera, mientras aguardaba a ser atendida. El apoyo y la solidaridad de otros, habían sido fundamentales para ella. Finalmente, pensó en su médico. Un hombre amable y distinguido, siempre dispuesto a escuchar, que la trataba con la confianza propia de quien la había conocido de niña, pero también con la deferencia debida a una jovencita. Nati quería mucho a su médico.

Abriendo los ojos, Nati volvió a la realidad. “No”, se dijo, “no faltaré a la cita”. Pablo necesitaba a alguien que se ocupara de él, alguien que le protegiera del desaliento, que le comunicara esa fe infantil, radical. Esa confianza en que Dios velaba por todos sus hijos como una madre. Sí, tenía que decírselo, porque un día sin trasmitir esta certeza, era para ella un día perdido.

(Continuará)

7 comentarios:

Ricardo dijo...

Tengo tres alumnos con necesidades especiales y puedo decirte que, si todos los adolescentes necesitan experimentar la amistad, en estos casos, el apoyo y la solidaridad de los compañeros es fundamental. Es preciso humanizar también la sociedad desde la educación de los jóvenes e impedir que muchos, por el hecho de estar enfermos o sufrir una discapacidad, se vean relegados.

Anónimo dijo...

Una preciosa historia llena de contenido. Enhorabuena. Ignacio.

Guerrera de la LUZ dijo...

Qué preciosidad el personaje de Nati, ella sí que ha dado luz a esta historia de nuestro ya querido Pablo.

:)

Muchos besos.

Ricardo dijo...

Hola, no sé si estás porque envié un mensaje esta mañana y aún no ha aparecido. ¿Qué te parecen las últimas declaraciones de Mayor Oreja ahora que se acerca la recta final para las europeas?

Anónimo dijo...

Me encanta Nati. La gente como ella, los más débiles en apariencia, suelen ser los más fuertes. Una lectora.

eligelavida dijo...

Ricardo, no he podido actualizar hasta ahora mismo. No he leído las declaraciones de las que hablas. ¿A qué medio? De todas formas, las buscaré.

Gracias a todos por vuestros comentarios.

José Miguel dijo...

Gracias por las historias que nos ofrece.

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).