sábado, 16 de mayo de 2009

Una vida por vivir (16) Nati


Nati, tumbada en la cama y con los ojos cerrados, escuchaba por enésima vez el “Sueño de Amor” de Liszt. Así, con los auriculares puestos, apenas si era consciente de los ruidos del hospital. Acababa de terminar con una nueva sesión de quimioterapia y se sentía contenta. Sabía que pronto podría irse a casa. Sus últimos análisis habían mejorado y el doctor parecía satisfecho de su estado.

Sonrió y estiró las piernas con satisfacción. Hoy no se encontraba tan mal. Ayer sí. Ayer había tenido un día espantoso, de esos que te impiden leer, concentrarte, ver la televisión o hablar siquiera con tus semejantes. Nati recordó con aprensión los vómitos, donde parecía que iba a echar el alma, y el dolor de huesos que no la dejaba caminar.

Con un esfuerzo abrió los ojos. “Concéntrate en hoy”, se dijo. Ahora, su meta era recobrar fuerzas suficientes para poder marcharse a casa. Se incorporó lentamente dispuesta a bajar de la cama y dar un pequeño paseo por el pasillo. Moviéndose a cámara lenta, se sentó con las piernas colgando por el borde de la cama. Bebió un sorbo de agua del vaso que tenía en la mesilla y se echó por encima una bata.

-¡Te mueves como un astronauta!

El pequeño Jaime le sonreía desde la puerta, sentado en su silla de ruedas. Nati le devolvió la sonrisa y, exagerando sus movimientos lentos, se acercó a él como si caminara en la ingravidez. Jaime rió contento cuando de repente, Nati comenzó a hacerle cosquillas en el cuello a toda velocidad.

-Ya ves que no soy un astronauta, sino un androide con poderes.

-¡Vale! ¡Vale!- dijo el chiquillo riendo

A sus diecisiete años, Nati era lo menos parecido físicamente a una mujer. Ni siquiera se asemejaba a una adolescente. Parecía más bien una niña. Una niña alta, delgada y desgarbada. La cabeza, absolutamente rapada por causa de la quimioterapia, habría dado a cualquier otro la apariencia de un refugiado de guerra. Pero no a Nati. Su sonrisa iluminaba su cara y los hoyuelos de sus mejillas contaban que sonreía con frecuencia.

-Nati, ¿te apetecen unas pastas?- Luisa, la madre de Jaime, entró en la habitación ofreciéndole una caja abierta de pastas de té.

-Hum, ¡qué buenas!

Nati cogió una aunque no tenía apetito. Hacía un par de semanas que conocía a Luisa y sabía que era probable que hubiera bajado a comprar las pastas sólo por el gusto de verla tomar alguna. Su hijo Jaime había sido operado recientemente y se encontraba casi completamente restablecido.

Se acercó a la cama y volvió a echarse con la misma precaución con que se había levantado. El pequeño esfuerzo la había dejado cansada. Jaime acercó su silla hasta ella y le cogió una mano.

-¿Quieres que veamos un rato la tele? Dan Superman.

Nati asintió con una sonrisa. Mirando al niño, supuso que pronto le tocaría volver a cambiar de compañeros de habitación. Con Jaime y Luisa había estado contenta. No comprendía porqué el hospital emparejaba a un niño con espina bífida y a una adolescente cancerosa. Lo lógico hubiera sido que Jaime hubiera podido compartir habitación con alguien de su edad, para no tener que aguantar sus malas noches, en las que a veces se veía obligada a pedir morfina para soportar el dolor, ni los vómitos, tan aparatosos y extenuantes. Nati pensaba que eso era lo último que el pobre niño necesitaba. Pero así eran las cosas en el sistema sanitario. Y tenía que reconocer que para ella, Jaime y su madre habían sido una inyección de optimismo y vitalidad.

El niño, a sus diez años, era una de las personas más alegres y solidarias que Nati había conocido nunca. Su risa era contagiosa y Nati pensaba que formaban un buen equipo. De vez en cuando se paseaba con él, empujando su silla por el pasillo. Saludaban a otros pacientes, a enfermeros y a médicos y Jaime, además, a cuanta persona veía, la conociera del hospital o no. Su sonrisa tenía la virtud de atraer las miradas y mucha gente se paraba a darle un beso o a hacerle una caricia. Creían tener un gesto de cariño con él, pero Nati, perspicaz siempre, se daba cuenta de que eran los adultos los que más recibían en el intercambio.

-¿Qué te parece si esta tarde jugamos una partida de parchís?- La voz de Luisa interrumpió sus pensamientos.

Nati le dijo con una sonrisa:

–Veo que quieres la revancha. De acuerdo, pero tendrá que ser antes de la cena, porque a primera hora he quedado.

-¿Que has quedado? ¿Es que te organizas citas aquí, en el hospital?

-Ya ves. -Contestó haciéndose la interesante. Luego continuó, poniéndose seria. –Se trata de Pablo, el chico tetraplejico del que te hablé el otro día. Lo he visto hace un rato, mientras lo metían en el ascensor para bajarlo a rayos. Lo he encontrado muy triste.


(Continuará)

4 comentarios:

Marta dijo...

Una bonita historia. Saludos.

Carmen dijo...

Me alegro que continúes con la historia de Pablo. Besos.

Hilda dijo...

Esperemos que Pablo encuentre en Nati el sentido que su vida necesita. Saludos. Hilda

Guerrera de la LUZ dijo...

Hola cielo, me estoy actualizando, que he estado unos días fuera.

Precioso este nuevo giro de la historia.

Besos.

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).