
Ángela le devolvió la radiografía.
-Pero por fortuna, eso no va a suceder, ¿verdad? En este hospital no dejamos a los pacientes a su suerte...
-No, pero no creas que en nuestra sociedad estamos tan lejos de ello.- Dijo Julia guardando la radiografía en la carpeta. -Cuando yo era estudiante, a principios de los ochenta, pasé una temporada en Estados Unidos con una beca, y vi un caso semejante. Los padres de un niño con síndrome de Down que tenía además una fístula traqueo-esofágica semejante, pidieron a un juez que no se tratara a su hijo. Decían que si el bebé vivía, seguiría siendo un niño retrasado y su vida sería un continuo sufrimiento. Ya ves- prosiguió con ironía -si el niño no hubiera nacido con esta malformación, hubiera vivido como cualquier otro niño con síndrome de Down. El problema podía solucionarse con una intervención quirúrgica, pero el juez, “por piedad”, prohibió operar y alimentar al niño, y éste murió al cabo de unas horas. Te diré que para entonces, diez matrimonios se habían ofrecido a adoptarlo, pero nada pudieron hacer...
Julia se sentó y apoyando los codos en la mesa, se sujetó la cabeza dándose un ligero masaje en los párpados. Ángela estaba horrorizada. Conocía a la doctora y sabía que su testimonio era cierto.
Le vino a la mente un cartel que alguien había colgado en la sala de enfermeras de maternidad. Representaba a una bella mujer hindú, con un sari de preciosos colores y un pequeño bebé en brazos. A un lado, en grandes letras aparecía escrita una cita del famoso filósofo indio Rabindranath Tagore que decía: “Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no ha perdido la esperanza en los hombres”.
Con voz vacilante dijo:
-Doctora, ¿cómo es posible que sucedan estas cosas? ¿Es que la vida humana no vale nada?
-Pero por fortuna, eso no va a suceder, ¿verdad? En este hospital no dejamos a los pacientes a su suerte...
-No, pero no creas que en nuestra sociedad estamos tan lejos de ello.- Dijo Julia guardando la radiografía en la carpeta. -Cuando yo era estudiante, a principios de los ochenta, pasé una temporada en Estados Unidos con una beca, y vi un caso semejante. Los padres de un niño con síndrome de Down que tenía además una fístula traqueo-esofágica semejante, pidieron a un juez que no se tratara a su hijo. Decían que si el bebé vivía, seguiría siendo un niño retrasado y su vida sería un continuo sufrimiento. Ya ves- prosiguió con ironía -si el niño no hubiera nacido con esta malformación, hubiera vivido como cualquier otro niño con síndrome de Down. El problema podía solucionarse con una intervención quirúrgica, pero el juez, “por piedad”, prohibió operar y alimentar al niño, y éste murió al cabo de unas horas. Te diré que para entonces, diez matrimonios se habían ofrecido a adoptarlo, pero nada pudieron hacer...
Julia se sentó y apoyando los codos en la mesa, se sujetó la cabeza dándose un ligero masaje en los párpados. Ángela estaba horrorizada. Conocía a la doctora y sabía que su testimonio era cierto.
Le vino a la mente un cartel que alguien había colgado en la sala de enfermeras de maternidad. Representaba a una bella mujer hindú, con un sari de preciosos colores y un pequeño bebé en brazos. A un lado, en grandes letras aparecía escrita una cita del famoso filósofo indio Rabindranath Tagore que decía: “Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no ha perdido la esperanza en los hombres”.
Con voz vacilante dijo:
-Doctora, ¿cómo es posible que sucedan estas cosas? ¿Es que la vida humana no vale nada?
(Continuará)

2 comentarios:
siempre tus palabras invitan a pensar... un besazo y gracias por estar ahí
Para algunas personas, la vida humana sólo vale si es "físicamente apetecible". Es así. Vivimos inmersos en el materialismo puro y duro, por eso es tan importante testimoniar lo contrario con nuestras vidas.
Besos.
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