
La doctora Julia Luna caminaba con prisa por el pasillo. Su andar era enérgico, aunque ella ya no parecía tan joven. Como psiquiatra había decidido no vestir la clásica bata blanca, en un intento de acercarse a los pacientes. Llevaba en la mano una carpeta cerrada que, aunque apenas pesaba, ahora se le antojaba una carga descomunal.
Había pasado la noche de guardia, y la habían llamado a urgencias en cuatro ocasiones. A Julia no dejaban de sorprenderle la cantidad de personas que aparecían de noche con ataques de ansiedad o problemas semejantes. Ahora, antes de visitar a sus pacientes ingresados, quería descansar un poco.
Se dirigió hacia una pequeña salita que los médicos utilizaban para desayunar o hacer una pequeña pausa a media mañana. Al llegar a una puerta donde lucía el cartel de “Privado”, entró sin llamar. Se alegró de no encontrar a nadie allí.
A primera hora de la mañana había notado los primeros síntomas de lo que sabía que sería una fuerte jaqueca y se sentía repentinamente cansada. Pensó en echarse un rato en el sofá, porque el dolor de cabeza había comenzado y lo notaba ya intenso, pulsátil.
La sala de médicos era relativamente pequeña, con una mesa cuadrada en el centro rodeada de sillas, un pequeño sofá y unas taquillas junto a la pared, donde los facultativos guardaban sus objetos personales mientras estaban trabajando.
Se acercó a su taquilla, la abrió y sacó un frasco de pastillas. Tomó dos, tragándolas sin agua. Luego se acercó a la cafetera para servirse un café. En ese momento alguien llamó a la puerta. La doctora no contestó, deseando que quien fuera se marchase, pero Ángela entró sin esperar respuesta.
-Doctora Luna, ¡no sabe cómo me alegro de verla!
Había pasado la noche de guardia, y la habían llamado a urgencias en cuatro ocasiones. A Julia no dejaban de sorprenderle la cantidad de personas que aparecían de noche con ataques de ansiedad o problemas semejantes. Ahora, antes de visitar a sus pacientes ingresados, quería descansar un poco.
Se dirigió hacia una pequeña salita que los médicos utilizaban para desayunar o hacer una pequeña pausa a media mañana. Al llegar a una puerta donde lucía el cartel de “Privado”, entró sin llamar. Se alegró de no encontrar a nadie allí.
A primera hora de la mañana había notado los primeros síntomas de lo que sabía que sería una fuerte jaqueca y se sentía repentinamente cansada. Pensó en echarse un rato en el sofá, porque el dolor de cabeza había comenzado y lo notaba ya intenso, pulsátil.
La sala de médicos era relativamente pequeña, con una mesa cuadrada en el centro rodeada de sillas, un pequeño sofá y unas taquillas junto a la pared, donde los facultativos guardaban sus objetos personales mientras estaban trabajando.
Se acercó a su taquilla, la abrió y sacó un frasco de pastillas. Tomó dos, tragándolas sin agua. Luego se acercó a la cafetera para servirse un café. En ese momento alguien llamó a la puerta. La doctora no contestó, deseando que quien fuera se marchase, pero Ángela entró sin esperar respuesta.
-Doctora Luna, ¡no sabe cómo me alegro de verla!
-Buenos días, Ángela. ¿Qué tal va tu ronda?
-Regular. Vengo ahora de ver a Pablo. Roberto lo ha bajado a rayos.
Mientras revolvía el azúcar con la cuchara, la doctora Luna observó a Ángela. Sabía que era una enfermera eficaz, comprometida con su trabajo, pero hoy, también ella parecía cansada. ¡Y aún no eran las nueve de la mañana!
-¿Cómo se encuentra Pablo hoy?
-Está muy decaído. Según se acerca el momento de marcharse a casa, se deprime más y más. Hacía tiempo que no le veía tan bajo de ánimo.
-¿Sabes si han pasado ya los de neurocirugía?
-Sí. Hace un rato ha estado el doctor Barbero. Pablo le ha preguntado si todavía se puede hacer algo para mejorar su estado. El doctor le ha dejado claro que no y entonces, Pablo le ha pedido ayuda... - Ángela dudó un segundo antes de continuar –ayuda para morir... y éste ha sugerido sedarle durante el día.
-Pero, ¿es posible?- se enfadó la doctora. -Naturalmente que se puede hacer algo. Por lo pronto, la fisioterapia es fundamental. Y Pablo está avanzando mucho. Si no se negara a utilizar la silla por sí mismo...
Julia estaba disgustada. Tratar con pacientes deprimidos era habitual en un hospital donde había casos graves, muchos terminales, y no acababa de comprender a tantos compañeros que recurrían a la vía fácil.
-Además- continuó -le he dicho mil veces a Barbero que, en estas cuestiones, no interfiera con mis pacientes.
-Me ha dado un poco de miedo... – se atrevió a decir Ángela bajando la voz. -Ha insinuado que Pablo y su familia tendrían que decidir “qué hacer”.
-Regular. Vengo ahora de ver a Pablo. Roberto lo ha bajado a rayos.
Mientras revolvía el azúcar con la cuchara, la doctora Luna observó a Ángela. Sabía que era una enfermera eficaz, comprometida con su trabajo, pero hoy, también ella parecía cansada. ¡Y aún no eran las nueve de la mañana!
-¿Cómo se encuentra Pablo hoy?
-Está muy decaído. Según se acerca el momento de marcharse a casa, se deprime más y más. Hacía tiempo que no le veía tan bajo de ánimo.
-¿Sabes si han pasado ya los de neurocirugía?
-Sí. Hace un rato ha estado el doctor Barbero. Pablo le ha preguntado si todavía se puede hacer algo para mejorar su estado. El doctor le ha dejado claro que no y entonces, Pablo le ha pedido ayuda... - Ángela dudó un segundo antes de continuar –ayuda para morir... y éste ha sugerido sedarle durante el día.
-Pero, ¿es posible?- se enfadó la doctora. -Naturalmente que se puede hacer algo. Por lo pronto, la fisioterapia es fundamental. Y Pablo está avanzando mucho. Si no se negara a utilizar la silla por sí mismo...
Julia estaba disgustada. Tratar con pacientes deprimidos era habitual en un hospital donde había casos graves, muchos terminales, y no acababa de comprender a tantos compañeros que recurrían a la vía fácil.
-Además- continuó -le he dicho mil veces a Barbero que, en estas cuestiones, no interfiera con mis pacientes.
-Me ha dado un poco de miedo... – se atrevió a decir Ángela bajando la voz. -Ha insinuado que Pablo y su familia tendrían que decidir “qué hacer”.
(Continuará)

4 comentarios:
Uff por fin un rayo de esperanza en la Doctora Luna. Ya tenía un agobio tremendo.
Es importantísima la fisioterapia, les hace avanzar muchísimo. Y por supuesto que aprendan a hacer todo lo que puedan por sí mismos. Por muy mal que esten siempre hay un montón de cosas que pueden aprender.
La entrega de hoy preciosa.
Besos.
He estado leyendo la historia con mucho interés, hasta parece sacada de los periódicos, te felicito por tu redacción. Seguiré al pendiente, espero la dra. Luna pueda ayudar a Pablo.
Es muy difícil para los enfermos soportar tan duras pruebas pero lo es más cuando quienes deberían ayudarle a tener una mejor calidad de vida, los tratan como objetos y ofrecen soluciones paliativas.
Seguiré leyéndote. Saludos. Hilda
Como dice Guerrera, es importantísima la fisioterapia por que les va a permitir,dentro de lo que cabe, hacer el mayor número de cosas posibles por si mismos.
Un post magnífico.
Admiro el que una persona que se encuentra mal, se olvide de si misma y empiece a preocuparse por otrso, eso es generosidad, espero la segunda parte.
Con cariño
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