domingo, 26 de abril de 2009

Una vida por vivir (8) "El vacío"


Pablo permaneció callado. Había intentado hablar con el médico sobre su futuro y no había obtenido respuesta. Sin embargo, en cuanto se había atrevido a hablar de acabar con todo, le ofrecían una alternativa... una opción peor que la muerte.

Se sintió superado por las circunstancias. ¿Qué hacía él, tan joven y tan vital pidiendo la muerte? ¿Era ese su verdadero deseo, o se hallaba consumido por el miedo? Le hubiera gustado pasarse las manos por la cara, como hacía antes cuando se sentía exhausto. Le pareció que sus fuerzas se agotaban, que no tendrían que ayudarle a morir después de todo, ya que la muerte estaba cerca. Porque, ¿qué es la muerte, sino la indiferencia de los demás ante la vida, ante el dolor y el sufrimiento? Dormir para no sentir, ¿no es peor que estar muerto?

-Pero doctor, en esas condiciones, no podría irse a su casa ni hacer una vida normal...

“Ángela, la luchadora”, pensó Pablo desde la lejanía. Ya prácticamente no la oía, pues se había retirado a un punto lejano de la mente. Casi le parecía que él mismo no se hallaba en la habitación. ¿Era de él de quien estaban hablando? Pero, si no estaba en la habitación, ¿quién era esa marioneta que yacía inerte en la cama?

-¿Una vida normal?- El doctor Barbero encaró las cejas, sin abandonar su sonrisa displicente. Miró a Pablo y prosiguió:

-Bueno, Pablo, si tu familia puede costearte la estancia aquí, no hay ningún problema. En otro caso, tendrías que irte y te aumentaría las dosis de somníferos y ansiolíticos. En fin, ya veremos, pero cuenta conmigo. Soluciones hay. Unas pastillas y listo.

De nuevo, lo miró esperando una respuesta, sin percibir que Pablo ya no estaba ahí. Después de un momento, estalló con impaciencia:

-Bueno, tengo que irme. Ya me dirás algo, ¿eh?- Miró a Ángela. -Te he dejado una prescripción para una radiografía en control.

Ángela asintió en silencio. Barbero abandonó bruscamente la habitación. Pablo, trastornado, sintió ganas de reír. ¡Qué ridículo que un médico huya de un paciente! “¡Eh, tú, médico!”, le gritó en su mente, “¡que aún estoy vivo! ¡Ven a hacer tu trabajo!”.

De repente, comenzó a llorar con angustia.

-Pero, ¿qué es esto? Por Dios, Pablo, ¿qué te pasa?

Ángela se acercó solícita y le acarició la cara. Luego buscó unos pañuelos en la mesilla y lo limpió. En silencio, lo dejó llorar y le enjugó las lágrimas. Pablo cerró los ojos y noto las manos de Ángela pasándole una esponja por la cara, secándole suavemente con una toalla, arreglándole el pelo con delicadeza, acariciándole con la mano la nuca. Hacía seis meses que él no podía tocar a nadie y reparó en que el dolor agudo de corazón iba desapareciendo poco a poco con las caricias de Ángela. Después de llorar un rato, Pablo se tranquilizó un poco.

-¿Te sientes mejor?- preguntó Ángela afectuosa.

-Sí, gracias.

Pablo tenía la voz ahogada y sorbió un poco por la nariz.

-Es que- dijo intentando dar una explicación -cuando ha empezado ha hablar el doctor, me ha dado miedo. Es cierto que muchas veces pienso que preferiría estar muerto, y cuando lo digo, no sé lo que espero encontrar. Quizá alivio, consuelo..., no sé, no sé lo que quiero. Pero cuando le he oído decir con tanta ligereza que podría sedarme... y listo. ¡Desapareció el problema! Por lo menos hasta que mi familia y yo decidamos “qué hacer...”

Pablo, era consciente de que se estaba exaltando de nuevo, e intentó respirar profundamente.

-Los médicos también dicen tonterías, no hagas caso –intervino Ángela.

-Pues ¿sabes lo que te digo?- preguntó exasperado -¡Que así desaparecería el problema para él, pero no para mí! ¿Es que cree que soy idiota? ¿Y qué me dices de lo que ha contado de sus pacientes terminales?

-Tranquilo, Pablo, tranquilo. No te agobies, que no va a pasar nada de eso si tú no quieres.

-Entonces, ¿qué? Estamos como al principio.

Pablo y Ángela se miraron en silencio. En ese instante se abrió la puerta y entró Roberto silbando, empujando un carrito lleno de material hospitalario. En seguida notó la tensión.

-Ángela, el doctor Barbero ha mandado una placa para Pablo, acabo de verlo en control. Así que, si te parece, lo llevo ahora mismo a rayos y luego empezamos con el aseo.

-Sí, será lo mejor. A estas horas hay poca gente en radiología.

-Entonces, manos a la obra.

Ayudó a Roberto a apartar unas sillas. Luego, sujetó la puerta mientras Roberto empujaba la cama de Pablo y lo sacaba al pasillo, saliendo a continuación.

Antes de cerrar la puerta, Ángela se dio la vuelta y echó un último vistazo a la habitación. La vio triste, vacía y sin vida, como el alma de Pablo.


(Continuará)

3 comentarios:

Geanina Codita dijo...

Hola,
El amor siempre nos acompañan, el amor a la gente que nunca lo abandonarían. Todos mis buenos pensamientos que has enviado!

Altea dijo...

Me tiene totalmente absorta este relato.

Luis y Mª Jesús dijo...

Me impresionó las declaraciones de de Sylvie Menard, una oncóloga partidaria de la eutanasia que enfermó de cáncer: «También yo, antes, hablaba de "dignidad de la vida", una dignidad que me parecía mellada en ciertas condiciones de enfermedad. "Como sano se piensa que pasar por que te laven o te den de comer es intolerable, "indigno". Cuando llega la enfermedad, se acepta hasta vivir en un pulmón de acero. Lo que se quiere es vivir. No hay nada de indigno en una vida totalmente dependiente de los demás. Es indigno más bien quien no logra ver en ello la dignidad»,
http://www.zenit.org/article-25737?l=spanish

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).