martes, 21 de abril de 2009

Una vida por vivir (5) "El respeto al enfermo"


Pablo llevaba mucho rato solo en la habitación. La conversación con Ángela le había dejado mal sabor de boca, pero ahora la echaba de menos y deseó que estuviera allí. En los dos meses que hacía que la conocía, se habían llevado bastante bien, dadas las circunstancias.

Otra enfermera, había pasado a darle el desayuno. Era una chica muy joven que se sentía cohibida por el mutismo de Pablo. Éste se preguntó por qué no habría llegado aún Roberto para asearle. Se sintió desorientado porque el aseo era algo que los enfermeros siempre hacían a primera hora de la mañana. Con un esfuerzo, giró la cabeza para mirar por la ventana. Las cortinas estaban aún cerradas.

Se preguntó si el equipo médico que le atendía, estaría dispuesto a darle el alta a corto plazo. Eso significaría que lo consideraban capaz de sobrevivir fuera de los cuidados del hospital. La idea le produjo aprensión. Allí al menos, se sentía protegido. Pablo no concebía hacer su vida en otro sitio. En cualquier otro lugar estaría desamparado. Por otro lado, continuar como hasta ahora era desalentador. ¿Tenía que vivir como un recluso el resto de su vida? ¿Existía alguna esperanza para él? “¡Ah, si yo no fuera tan cobarde!”, pensó. “¡Si al menos tuviera fuerzas para vivir! ¡Si no me sintiera tan solo!”

Experimentó la intensa sensación de frustración que sólo un enfermo es capaz de sentir. Los médicos eran demasiado impacientes, los enfermeros estaban demasiado ocupados y las visitas le ponían demasiado nervioso. “Y la vida es demasiado larga y aquí hay demasiado silencio”- se dijo.

Con brusquedad, como siempre pasa en los hospitales, se abrió la puerta y entró el doctor Barbero acompañado de varias personas. El doctor llevaba una corbata mal anudada debajo de la bata y una barba de dos días. Pablo se preguntó por qué muchos médicos tendrían esa pasión por ir desaliñados. ¿Porque hacían guardias nocturnas? ¿No tenían duchas donde arreglarse? ¿O es que creían que así resultaban más interesantes?

Con el doctor Barbero entraron cuatro estudiantes, tres hombres y una mujer, todos con bata blanca. Álvaro Romero, venía muy serio entre ellos. Al cabo de unos segundos, entró también Ángela. Todos se situaron a los lados de la cama. El médico a los pies y Ángela a la cabecera.

-Buenos días... ¿Cómo va hoy el paciente?

Pablo no contestó. Sentía que el deje lánguido del doctor Barbero le daba náuseas. Todos los días lo mismo. Todos los días igual. Unos minutos, muy pocos, dedicados al paciente, siempre con prisa, siempre con público. “Ésta película tiene demasiados espectadores”, pensó.

Miró a los estudiantes que con sus batas blancas y su aire de suficiencia se situaban a su alrededor, seguros de sí mismos, indolentes, como si lo que ocurría en el escenario no fuera con ellos. Pablo, desde su cama-escenario los miraba sin expresión, consciente de cómo iba creciendo la tensión.

Ángela se sintió obligada a tomar las riendas.

–Doctor, Pablo no ha dormido bien esta noche.

-Bueno, bueno, eso tiene solución. Te aumentaremos la dosis del somnífero y listo. ¿Algo más?

Miró a Pablo esperando una respuesta, pero nuevamente, se hizo un silencio. Inesperadamente, un teléfono sonó sobresaltándolos a todos. El doctor Barbero metió la mano en el bolsillo de la bata y sacó un móvil.

-Dime... Sí... sí. Bien, pues hacemos como dijimos el otro día...

Mientras el médico hablaba, Pablo lo miraba fijamente. Lo necesitaba, era consciente de ello, pero lo despreciaba, porque se sentía despreciado por él. Veía en él a un fontanero del cuerpo, no a un médico. A un arreglador incapaz de pararse ante el dolor, pero hábil a la hora de subsanar un defecto.

Barbero siguió hablando y algunos de los estudiantes comenzaron a cuchichear entre sí.

Álvaro sentía vergüenza ajena. Le parecía que la forma que Barbero tenía de tratar a los pacientes era paternalista y bastante humillante. Por desgracia, había observado que éste comportamiento estaba muy extendido en la profesión médica. A Álvaro le parecía muy peligroso desdeñar los sentimientos de los pacientes.


(Continuará)

5 comentarios:

Marta dijo...

Cómo me alegro de la vuelta del doctor Barbero y de Álvaro. Ya sabía yo que esta era toda una historia…

Anónimo dijo...

La medicina sigue siendo bastante paternalista. Me refiero a que a pesar de los avances técnicos, los médicos son poco dados a dar explicaciones y deciden ellos por el paciente, cuando todos sabemos que muchas veces hay distintas alternativas y el paciente debería, estando bien informado, tomar decisiones sobre sus tratamientos.

Ignacio

Guerrera de la LUZ dijo...

A mi una vez me echaron de un hospital porque monté un número con las enfermeras, que entraban en la habitación todos los días a las 7 am dando unos golpazos de muerte y estaba una íntima amiga mía destrozada.

Tienen muy poca sensibilidad, yo no lo entiendo.

Besos.

(apareció definitivamente el Barbero, qué espanto) :S

Ricardo dijo...

Hola. Me alegro de que retomes este relato. Yo creo que, afortunadamente, la medicina es cada vez menos paternalista. Hoy con internet, los pacientes sabemos más. Un saludo.

Hilda dijo...

AAAHHH son parte de la misma historia, genial!! sigo leyendo!!! saludos. Hilda

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Mi foto
Spain
Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).