domingo, 19 de abril de 2009

Una vida por vivir (4) "Una enfermedad del espíritu"


Pablo se iba tranquilizando, pero al abandonar la ira, le invadía una gran tristeza, y ésta era tan profunda, tan dolorosa, que se preguntó si no le valdría más seguir eternamente encolerizado. Roberto le dijo:

-Creo que deberías hablar con la psicóloga e intentar superar este bache. Bueno, voy a buscar las cosas para asearte, que ya son casi las siete y no creo que puedas dormir más antes del desayuno.

Roberto pensaba que Pablo se sentía más tranquilo, pero ahora, al ver su mirada descompuesta, se dirigió rápidamente hacia la puerta. Al abrirla, tropezó con el doctor Barbero y un grupo de doctores que estaban hablando en el pasillo.

-Perdón- dijo -por favor, disculpen.

Se abrió paso entre ellos y salió cerrando tras de si.

Al ver que Ángela regresaba del baño, Pablo cerró los ojos con fuerza. Se dijo a sí mismo: “No hablaré más, ¿para qué? No sirve para nada. No hablaré más. Intenta dominarte, vamos, toda esta charla no tiene sentido. Controla las lágrimas”. Finalmente, a pesar de sus esfuerzos, no pudo dominarse y explotó:

-Dios mío, un bache... ¿Es así como se le llama ahora a ser un busto parlante? ¿Te das cuenta, Ángela? ¡Esto es el sufrimiento, un bache que hay que superar!

Ángela lo miró preocupada. Sabía que Pablo estaba recibiendo terapia psicológica y que tomaba ansiolíticos. Sin embargo, la medicación no parecía hacer efecto. Su desesperación no tenía cura, porque no existe tratamiento médico para la enfermedad espiritual. Ángela llevaba varias semanas atendiéndole y comenzaba a perder la esperanza de que pudiera recuperar el ánimo ya que no el cuerpo. Pablo prosiguió más calmado:

-Cuando me desperté en el hospital después del accidente, me asusté muchísimo al ver que no podía mover los brazos ni las piernas. Yo aún no sabía que ya me habían intervenido quirúrgicamente. Luego, vino el doctor y me dijo que ya nunca podría recuperar la movilidad, porque me había roto el cuello. Se me nubló la vista y sentí un dolor fortísimo en la cabeza. Así, como te lo digo, un dolor físico que me ahogaba. De esos dolores insoportables que cuando los sientes crees que te mueres... pero no te mueres. Ya ves- dijo con cinismo - por lo visto no es tan fácil morir.

-Ojalá pudiera ayudarte, Pablo. Desde que llegaste a este hospital hemos hablado mucho, pero creo que todo ha sido en vano. Tú tienes una razón poderosa para quejarte y crees que también para ser infeliz, y es como si tuvieras un muro delante y nadie lo pudiera atravesar.

Pablo miró a Ángela con atención. Por un instante, le pareció estar viendo una película que ya había visto antes. Una enfermera joven y bonita intentando convencer a una piltrafa de que la vida es bella.

-Tú sabes cómo puedes ayudarme. Han pasado casi seis meses desde el accidente y dos meses desde que estoy aquí, y he tenido tiempo para meditarlo profundamente. Solo hay una solución para mí...

Ángela le interrumpió tapándose los oídos:

-¡No, no y no! Me niego a hablar otra vez de lo mismo.

-Ángela, por Dios, ¿es que no ves que esta angustia me está destruyendo? No me reconozco a mi mismo. ¿No comprendes que para mí la muerte sería una liberación?

-¡Ojalá pudiera hacerte comprender que tu vida tiene un sentido, un valor que va mucho más allá de la salud!

-Sí, claro, tú lo que eres es una gran teórica... Pero no todos piensan como tú. Ya veras...

Ángela no le dejó terminar:

-Por favor, Pablo, no intentes enredar a Roberto con tus ideas. Es un buen enfermero y si alguna vez cediera y te ayudara, podría arrepentirse toda su vida.

-¡Qué egoísta eres! ¡Destrozar su vida! ¿Es eso lo que te preocupa? ¿Tu conciencia? ¿Los sentimientos de Roberto? El que quiere acabar con todo soy yo. ¿No tengo acaso derecho a decidir sobre mi vida?- Pablo hizo una pausa intentando reponerse y continuó más tranquilo. –Mira, hace unos años tuve que sacrificar a mi perro. Tenía un bulto que resultó ser un cáncer. Para que no sufriera lo llevé al veterinario y le pusimos una inyección. Yo quería a ese perro. Era mi amigo, mi compañero de aventuras. Venía conmigo a todas partes, pero cuando llegó su hora, no lo dudé. Lo sacrifiqué por su propio bien.

-¿Y ahora piensas que ha llegado la tuya? ¿Porque no te puedes mover?

-Porque es mi vida, óyeme bien, mi vida, y no me da la gana sufrir. Si es para vivirla así... no la quiero. Prefiero... la nada.

Ángela y Pablo se miraron con tensión, los dos conscientes del papel que por enésima vez estaban representando. Pablo, sintiéndose impotente, bajó la cabeza y no pronunció una palabra más.

Ángela entonces, comprendiendo que la conversación había terminado, abandonó preocupada la habitación.


(Continuará)

5 comentarios:

soy+pequeno dijo...

uy CHoiCe... PeNSé q NoS DeJaBaS eN aSCuaS Tía! Mmmm...me FLiPa eSta HiSToRia

1 besín :D

Natalia Pastor dijo...

Tremenda historia.
Esperaremos al final.
Saludos.

ulpiano dijo...

Este caso del que hablas es algo especialmente dramático. Sin embargo, que cierto es que cuando alguien se enfrenta al dolor, se siente incomprendido por los demás a todos los niveles…

Anónimo dijo...

Me alegro de que hayas retomado otra vez la historia. Aquí por lo menos vemos personajes con dudas, que muy bien podrían ser de carne y hueso, no como en cierta película donde los partidarios de la eutanasia eran todos fantásticos y los partidarios de defender la vida eran unos garrulos de la España profunda a los que no se podía hacer caso.

Guerrera de la LUZ dijo...

¿Por ahí aparece el doctor Barbero???¡¡ qué pavor me está dando.

:S

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Mi foto
Spain
Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).