jueves, 16 de abril de 2009

Una vida por vivir (3) "La ira del dolor"


Pablo, sólo sabía que, como en un truco de magia, un día, seis meses atrás, se había levantado sano y otro se había despertado en la cama de un hospital con el cuerpo muerto.

Miró a Ángela, mientras ésta le acomodaba las almohadas. En los últimos meses, se habían hecho amigos. Él la trataba con dureza, como si su enfermedad le diera derecho a maltratar a la gente, pero ella no parecía darse cuenta. Lo aceptaba y le cuidaba con profesionalidad, pero también con una cierta ternura. Se involucraba con los pacientes. Éste pensamiento cruzó como un rayo por la mente de Pablo. Sí, Ángela se involucraba, se preocupaba de veras. No veía en ella el clásico distanciamiento que los profesionales de la medicina acostumbran a mantener con los enfermos.

En los meses de hospitalización y de obligada inmovilidad, Pablo se había convertido en un gran observador, y había advertido que, en general, los médicos y los enfermeros, tendían a concentrarse en la enfermedad, más que en el sufrimiento que el mal provocaba en el paciente. Daban medicación, proponían tratamientos, pero no se paraban a valorar todas las emociones por las que habitualmente atraviesa un enfermo y que a él le producían tanto desasosiego: el miedo, la incertidumbre ante el futuro, la tristeza, la angustia, la impotencia ante la discapacidad...

Súbitamente, Pablo se dio cuenta de que para Ángela, él no era sólo un paciente al que ella estaba obligada a atender, sino una persona por la que desvelarse.

Roberto hablaba sin parar mientras incorporaba la cama poco a poco.

-Venga hombre, ánimo. Ya te queda poco para salir de aquí. Es cuestión de días.

Pablo lo miró con dureza y dijo:

-¿Y crees que eso me anima? ¿Te figuras lo que va a ser de mí cuando salga de aquí? Mis padres ya han contratado a un enfermero para que me acompañe durante el día, para que me dé de comer, me ponga los enemas, me lave, me sonde o me cambie los pañales. ¿Te imaginas? Todo lo que vosotros hacéis aquí no es algo temporal. Para mí es definitivo. Nunca más tendré intimidad para nada... Seré el muñeco de trapo de cualquiera que se rebaje a cuidarme por dinero.

-Pablo, ya hemos hablado de esto otras veces –Ángela empezó a limpiarle la cara con delicadeza. -Creo que ahora no es un buen momento para discutir. Has pasado mala noche y es lógico que tu estado de ánimo sea malo. Sé que nada te consuela, pero ya sabes que yo pienso que todo en esta vida tiene un sentido. Sí, un sentido, no pongas esa cara. La vida sigue, y tú tienes una misión en ella, lo creas o no.

-¡Ya salió la cristiana!

Pablo era consciente que ya habían tenido esta conversación en otras ocasiones, pero no podía evitar hablar de ello una y otra vez. Era como una necesidad de golpearse en la herida, la del corazón, para sentir dolor, para sentir algo al menos.

-¿Sabes que yo también fui educado en la religión católica? Pero hace mucho que dejé de practicar. Mucho antes del accidente me había apartado ya de la Iglesia. Siempre poniendo pegas para todo. Sin dejar que la juventud se divierta. Que si Dios por aquí, que si Dios por allá... Pero a la hora de la verdad, ¿puede Dios librarnos del sufrimiento? ¿Puede acaso evitar que pasen las desgracias? –Comenzó a subir la voz, excitándose de nuevo. -¿Puede hacer Dios que yo me mueva? ¿Eh? ¿Puede? ¿Puede?

Fijó la mirada en Roberto y dijo con ironía:

-¡Mira qué callado se ha quedado Roberto! Tú piensas como yo ¿verdad?

Ángela, disgustada, entró en el baño y se puso a enjuagar un vaso. Dejó la puerta abierta y desde la habitación Pablo podía oír el ruido del agua.

-Lo que yo pienso no es interesante.

Roberto se sentía incómodo, como siempre en estas situaciones. Su experiencia de enfermero no le había enseñado aún como tratar con un paciente desesperado. Le habló con sencillez:

-Sólo sé que si no superas esta depresión, nunca vas a ser feliz.

-¡Pero cómo puedes hablar de ser feliz en esta situación! ¿Acaso has conocido a alguien que lo sea?

Roberto vacilaba sin saber cual sería la respuesta adecuada.

-En fin Pablo, no lo sé, pero no seas tan duro con Ángela. Sólo pretende ayudar.

-Sí, tengo que reconocer que es una auténtica buena samaritana. Sabe pararse ante el dolor, aunque luego no sepa como solucionarlo.

Pablo se iba tranquilizando, pero al abandonar la ira, le invadía una gran tristeza, y ésta era tan profunda, tan dolorosa, que se preguntó si no le valdría más seguir eternamente encolerizado.

(Continuará)

10 comentarios:

Guerrera de la LUZ dijo...

Lo de la pérdida absoluta de intimidad para siempre es algo muy duro para quienes han sufrido un accidente de este tipo.

Besos.

ulpiano dijo...

Hola. Hace tiempo que no hago comentarios, pero estoy siguiendo con mucho interés esta historia. Creo que tienes la valentía de contar una historia donde el protagonista no está muy de moda, el sufrimiento. Es más, hoy el dolor lo obviamos como si no existiera…

Marta dijo...

Me gusta Ángela. No tiene miedo de involucrarse emocionalmente con los pacientes.

Un amigo médico me decía que ellos evitan eso para poder ser objetivos, pero yo creo que al final, el dañado es el paciente, que es una persona y no sólo una enfermedad.

Un beso.

Aguijón dijo...

Continua el relato que me está gustando.
gracias,

soy+pequeno dijo...

EsTo Se PoNe CuESTa aRRiBa PeRo MuY iNTeReSaNTe...


1 besín :D

Carmen dijo...

Por favor, no pares ahora. La historia se pone cada vez más interesante...

Altea dijo...

Tus relatos me dejan flipada. Es como si lo tuvieras bien experimentado.

Amig@mi@ dijo...

Es genial el relato, me apunto a seguirlo, escribes y describes muy bien. Enhorabuena,
Besos

Luis y Mª Jesús dijo...

¡Uff, que duro!. a pesar de todo Pablo ha tenido suerte de encontrar personas que le valoran como es.
Gracias
María Jesús

Hilda dijo...

estaré esperando el desenlace, por cierto me quedé con la curiosidad en que terminaría lo del Dr. Barbero.
Con respecto a Pablo, yo no sé si tendría la suficiente fuerza para aguantar tan dura prueba, pero también creo que todo tiene un sentido.
En mi país, hay un joven tetrapléjico que da conferencias y cuando lo oyes decir: "yo soy algo más que un cuerpo que no me responde" entonces te das cuenta que sí se puede.
Saludos. Hilda

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Mi foto
Spain
Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).