miércoles, 15 de abril de 2009

Una vida por vivir (2) "En la soledad"


Pablo se preguntaba si no sería mejor la muerte, el vacío, algo definitivo que lo librara de aquella visión.

Echado en la cama, los brazos le colgaban a los lados del cuerpo cómo dos pesados fardos, imposibles de mover. Intentó girar un poco la cabeza y debido a la debilidad de los músculos de los hombros, ésta cayó obligándole a hundir la cara en la almohada. “Bien”, pensó con una cruel satisfacción, “así me ahogaré más fácilmente”. Pero esa triste complacencia que sienten los desesperados cuando las cosas se ponen peor, le duró apenas unos segundos. La sensación de ahogo e impotencia era tan grande que comenzó a sollozar con fuerza, con una mezcla de tristeza y rabia, de dolor y amargura. Con las últimas energías que le quedaban, logró mover el cuello y colocar la cabeza de lado sobre la almohada. Con la boca, alcanzó el cable del micrófono. Haciendo un último esfuerzo, lo conectó y grito con voz ronca:

-¡Enfermera! ¡Enfermera!

Sollozando, se imaginó a sí mismo en la cama, como un muñeco de trapo, sin vida, llorando y gimiendo, mojado en sus propias lágrimas.

-¡Enfermera! ¡Ay, ay...!, ¿es que no va a venir nadie? ¡Por Dios, me duele el cuello...! ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¿Qué clase de seres inhumanos hay aquí?

La habitación se le antojaba cada vez más opresiva y asfixiante. Con los ojos cerrados, aspiró un olor ocre oscuro, a enfermedad, mezcla de desinfectante y mal aliento. Abrió los ojos. En la penumbra, desde su cama apenas podía vislumbrar la luz del pasillo que asomaba debajo de la puerta. Por un momento pensó: “ahí fuera, hay vida”.

La puerta se abrió de golpe.

-Tranquilo hombre, ya estoy aquí.

Con un rápido movimiento, Ángela encendió la luz.

-Ya sabes que en el control de enfermeras te escuchamos en seguida por el altavoz, pero tienes que tener paciencia.- Siempre eficaz, apagó el micrófono y lo colgó del cabecero de la cama. -¿Quieres que te cambie de postura?

A Pablo siempre le parecía que los enfermeros entraban como bombas en las habitaciones. Sin consideración hacia los enfermos, a los que atendían por un módico sueldo que seguramente apenas les daba para vivir. Muy excitado contestó con voz entrecortada:

-¿Y por qué crees que llevo llamando media hora? Hace ya dos meses que estoy en este maldito hospital... Sabes que no puedo mover un dedo, no puedo rascarme, no puedo limpiarme una lágrima, y vosotros aparecéis de vez en cuando como si me hicierais un gran favor...

-Bueno, tranquilízate, no te pongas así que ahora lo solucionamos.

-¿Que me tranquilice? ¡Qué fácil es para ti hablar! ¡Por Dios, muéveme de una vez! No soporto más estar con el cuello así.

Ángela apretó el botón del mando situado junto a la cama.

-Tranquilo, que ahora mismo viene Roberto y me ayuda.- Con delicadeza, intentó moverle el cuello y acomodarle la almohada. - ¿Mejor así?

-¡¿Mejor?! ¡¿Mejor dices?!

Pablo no conseguía dominarse. Para su vergüenza, sus sollozos eran cada vez más fuertes e intentaba acallarlos con gritos de rabia.

-Vamos, vamos, tranquilízate. No pasa nada.

Ángela le pasó la mano por la cabeza con suavidad, como quien consuela a un niño.

-¿Por qué no me pones un poco de morfina? Entonces quizá sí que me sentiría mejor...

Casi sentía ganas de reír ante la escena que estaba protagonizando. Podía imaginarse a sí mismo, tirado en la cama boca abajo, con el cuello forzado, haciendo esfuerzos para respirar y a Ángela de pié, a su lado, desconcertada e impotente para ayudarle.

En ese instante, se abrió la puerta y entró Roberto, un joven no muy alto, pero robusto, vestido de enfermero.

-Bueno, ya estoy aquí. Perdona chico, es que he tenido que ayudar a un compañero en una urgencia. ¿Qué tal has pasado la noche?

-Está muy incómodo- Ángela miró a Roberto por encima de la cama. -Deberíamos cambiarle de postura.

Roberto, fingiendo no darse cuenta del estado de desesperación en que se hallaba Pablo, contestó con voz alegre:

-Pues vamos allá. A la de tres lo giramos boca arriba. Una, dos y tres- Entre los dos lo giraron haciendo un esfuerzo. -Bueno, ¿qué tal ahora?

-Mal... pero mejor.

Ángela le arregló las sábanas, y comenzó a colocarle las manos sobre la cama, de manera que los dedos quedaran estirados.

Sonrojado y sudoroso, Pablo miró a los enfermeros, entrecerrando los ojos e intentando acostumbrarse a la luz. Respiraba agitado y sabía por experiencia que no iba a poder dominarse tan fácilmente. Recordar sus estallidos de cólera le ponía nervioso. Sabía que tenía que aprender a ser paciente, pero el dolor, el insomnio y la frustración sufridos durante la noche, habían sido demasiado para él.

Las dos últimas semanas habían resultado especialmente duras, con la rehabilitación, la visita de sus padres, las conversaciones con la psicóloga... El caso es que la psicóloga le caía bien. Hablaban mucho de cómo replantear su vida. Ella lo animaba a ser lo más autónomo posible. Le decía que debía tomar sus propias decisiones sobre todos aquellos temas que le afectaran personalmente.

Pablo comprendía que tenía razón, pero estaba desganado y, en su apatía, no lograba interesarse por nada. De vez en cuando, se atrevía a hablar del accidente que le había dejado tetrapléjico. Este tema le afectaba mucho. Irónicamente, no se acordaba de lo sucedido. Solo sabía que, como en un truco de magia, un día, seis meses atrás, se había levantado sano y otro se había despertado en la cama de un hospital con el cuerpo muerto.

(Continuará)

8 comentarios:

Guerrera de la LUZ dijo...

Este tema me toca muy de cerca, ya te conté de mi amigo tetrapléjico. Quizás algún día me anime a contar algo.

Muy buen relato, sigue sigue.

Besos.

Carmen dijo...

Llevo tres días que no me acuesto hasta que aparece el siguiente capítulo. Estoy deseando saber que pasa…

Angelina de Maria dijo...

HOLA AMIGUITA! INTERESANTE TU RELATO! GRACIAS POR TU COMENTARIO, ME SIENTO MUY HALAGADA PORQUE HAZ ENTENDIDO MUY BIEN TODO LO DEL PEQUEÑO BOOK QUE TE ENVIE, ASI ES, TAL CUAL LO EXPRESAS, Y HAY MUCHO MAS DE LA VIRGEN MARIA EN ESTOS TIEMPOS.
ELLA ES PRESENCIA VIVA EN ESTA TIERRA Y TU UNA ELEGIDA.


ABRAZOS.
ANGELINA DE MARIA!

Ricardo dijo...

Me gusta esta historia que define muy bien el desconcierto de los que se enfrentan al enfermo, aún con las mejores intenciones de ayuda, sin saber realmente cómo aproximarse. Ángela, me parece una buena representante de aquellos que desean humanizar la sanidad y acompañar al que sufre, sobre todo cuando poco más pueden hacer. Espero que sigas.

Anónimo dijo...

Hola

Me pregunto si toda esta historia tiene algo que ver con el doctor Barbero…

m.jesus dijo...

El relato está muy interesante, pero que tema más duro. Sólo pensar encontrarme en la misma situación me dan escalofríos. Me lleva a reflexionar sobre lo agradecidos que tenemos que estar aquellos que tenemos salud, podemos andar, ver, oir, movernos, ser autónomos. Deberíamos dar gracias todos los días. Cuantos dones tenemos y no los reconocemos hasta que los perdemos.

Salvador Pérez Alayón dijo...

Podríamos seguir y seguir y siempre el telón de fondo será el mismo: ¿qué sentido tiene ésto? Ahora, en cuestiones de segundos mi vida física ha quedado limitada y dependiente de otros, ¡de la caridad de otros!
Mi vida física, porque mi libertad espiritual y mi entendimiento, así como mi conciencia siguen siendo libres y ellas toman ahora más protagonismo que antes, cuando mis atributos físicos mandaban y, hasta en muchos momentos, dominaban mi mente y voluntad. Aparentemente parece que soy menos libre, o totalmente dependiente de otros, pero en realidad, ¿eso es así? Dejaré el comentario aquí, pues puedo convertirlo en reflexión y me extendería mucho.
Un fuerte abrazo.

eligelavida dijo...

Salvador, gracias por tus comentarios. Esa es precisamente la idea que pretendo transmitir. Una persona puede sufrir gravemente en el cuerpo o en la mente, pero su dignidad está intacta. Además, Pablo se encuentra con que su vida espiritual adquiere un protagonismo que antes ni siquiera había imaginado, dando lugar a todo un proceso de transformación, que comienza por descubrir su propia dignidad humana.

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