martes, 14 de abril de 2009

Una vida por vivir (1) "¿Cómo sería estar muerto?"


Tumbado de lado en la cama, Pablo intentaba imaginar como sería la muerte. En los últimos días pensaba continuamente en ella y no hacía nada para intentar quitarse este pensamiento de la cabeza. La muerte. ¡Qué miedo le daba esta palabra cuando era niño! Un simple fotograma en una película podía impedirle dormir toda una noche. La muerte era el fin, aquello que un niño apenas si puede imaginar. Al contrario que muchos de sus compañeros de clase, que a veces se complacían contando historias de terror, Pablo, de niño, evitaba incluso escuchar conversaciones de adultos que giraran en torno a ese tema. "¡Qué absurdo!", pensó, “entonces yo era un bebé, un chiquillo asustado que temía morir, un crío que tenía miedo de perder a su madre. Pero ahora, ¡qué injusta es la vida!, ahora que soy joven y robusto, y más sabio y más fuerte, ahora que he superado mis miedos... ahora precisamente, ¿tengo que morir?"

La injusticia de esta situación le sublevaba
. Deseó poder destrozar en un ataque de cólera todo lo que tuviera a su alcance. Porque él era fuerte y muy capaz de no dejar piedra sobre piedra. O al menos... así era antes, hace siglos, cuando aún no había llegado el dolor a su vida para convertirlo en un deshecho. Hoy, sin embargo, se sentía enfermo de abatimiento, e intentaba hacerse a la idea de que su existencia había acabado, y que la única acción digna que le quedaba por realizar era expirar. Suponía que después de la muerte vendría el vacío, ¿acaso la paz? A ratos, deseaba que así fuera. Pero en otros momentos se sentía invadido por el pánico, al pensar que toda su vida podía verse diluía en la nada, como si todo hubiera sido un simulacro, un sin sentido. ¿Cómo sería estar muerto? “Seguramente como ahora”, pensó. Al fin y al cabo, su cuerpo no podía estar más muerto de lo que estaba en este instante. ¿O sí? Porque el cuello le dolía como el demonio y donde hay dolor, hay vida.

Hasta entonces, nunca se había planteado nada parecido. La muerte, era de esas cosas que les pasa a los demás, no a uno mismo. ¡Y qué decir de la enfermedad grave! Cuantas veces se había cruzado a lo largo de su vida con personas disminuidas, sin que el pensamiento de la invalidez ocupara su mente más de dos minutos. En su vida, tan dinámica y completa, no había lugar para el sufrimiento. Y si por casualidad éste aparecía, en seguida era paliado por el convencimiento de que nada, absolutamente nada parecido al dolor, podía ser nunca definitivo... Ahora comprendía que hasta este momento, había vivido una mentira, sumido en un letargo donde muerte, soledad y sufrimiento no existían, simplemente porque él mismo se había puesto una venda en los ojos para no verlos.

Pero hoy, no le quedaba más remedio que ver lo que antes se había negado a mirar. Y así, Pablo tenía la sensación de que había dejado de ser el protagonista de su propia vida y se había convertido en un espectador de sí mismo. Un espectador asustado de lo que veía, temeroso del futuro, acobardado ante los acontecimientos. Tras los primeros días de lucha, de alguna manera, su mente había abandonado su cuerpo, y Pablo se contemplaba a sí mismo desde fuera, cómo si nada tuviera que ver con él. Y allí, en la lejanía, se preguntó una vez más si no sería mejor la muerte, el vacío, algo definitivo que lo librara de aquella visión.

(Continuará)

8 comentarios:

Ricardo dijo...

Es cierto que muchas veces nos planteamos los temas más trascendentales cuando vemos de cerca el sufrimiento. Hace poco, un joven me decía que no tenía ni idea de cómo vive una persona discapacitada.

Sus@ana dijo...

Parece la continuación de ayer, verdad? Que interesante! Felices Pascuas!

Marta dijo...

Es muy duro que una persona piense que lo único que le queda ya es morir. Espero que esto tenga un final feliz…

Carlos dijo...

Nos has dejado a medias, espero que el relato continue pronto. ¡Que triste debe ser vivir y morir cuando no se tiene ninguna esperanza!

Terly dijo...

Es un relato muy triste, espero que al fimnal reaccione y sea capaz de ver que la vida, a pesar de sus sinsabores, dificultades, dolores o enfermedades, es maravillosa y que vale la pena vivirla porque sólo se nos da una.
Un abrazo.

eligelavida dijo...

Es un relato con el que intento describir los sentimientos de una persona joven y vital que ve como su vida cambia radicalmente por causa de la discapacidad. La cuestión es que estas emociones son naturales, sin embargo, los que rodean a la persona que sufre, no saben muchas veces cómo reaccionar. A veces, encontramos al utilitarista, que le dice, “te comprendo, tu dolor no sirve para nada. Es lógico que quieras acabar”. Cuando esto sucede, el ser humano se encuentra sin apoyo, y la misma insolidaridad de sus semejantes lo empuja a la muerte. Por suerte, también están los que saben que toda vida tiene un sentido…

Rosa dijo...

¿es tuyo original? es fantástico!!

Salvador Pérez Alayón dijo...

Desde mi experiencia puedo hablar con cierto conocimiento de los hechos porque los he experimentado y estas reflexiones de eligelavida me ha dado pie para escribir sobre ello. Ya lo haré en vivencias.
Indudablemente, no podemos negarlo y de hacerlo sería un autoengañarnos idiotamente, la muerte es lo más cierto que tenemos y si no nos damos cuenta cuando nacemos, si, aunque no sepamos cuando, sabemos que vamos a morir. Por tanto obviarlo es de tonto e inutil. Lo más sensato es prepararnos y preguntarnos que sentido tiene: ¿hay algo detrás de ella?; ¿tiene sentido el sufrimiento? Porque de esforzárnos en responderlas nuestras actitudes y comportamientos deberan ir cambiando. De no hacerlo sería no querer verla de frente, pero, a pesar de eso, ella seguirá su curso y llegará como ocurre con Pablo.
Un abrazo.

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).