
Somos libres, sí; pero somos libres para hacer el bien. No somos libres para matar al indefenso, para abandonar al necesitado, para colaborar con quien quiere matarse, para seleccionar quien vive y quien muere, para fabricar seres humanos en una probeta, para despreciar nuestra propia vida.
Somos libres, pero si hacemos un mal uso de nuestra libertad, nos esclavizamos. En el uso de nuestra libertad optamos por el bien o el mal. Si escogemos el mal, podemos destrozarnos a nosotros mismos. Es preciso, por tanto, tener en cuenta unas normas morales, que no están ahí para quitarnos la libertad, sino para enseñarnos a hacer un buen uso de ella, sin dañarnos a nosotros mismos.
“Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien: ¿sabe?, ponga gasolina súper en el depósito, y para el motor, utilice aceite del fino. El otro le contestó: No; para que sepa le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco el aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada. Haga Vd. como le parezca, pero no venga a lamentarse si termina con el coche en un barranco.
El Señor ha hecho algo parecido con nosotros: nos ha dado este cuerpo, animado de un alma inteligente, y una bella voluntad. Y ha dicho: esta máquina es buena, pero trátala bien”. (Juan Pablo I, Audiencia General, miércoles 6 de septiembre de 1978).
Somos libres, pero si hacemos un mal uso de nuestra libertad, nos esclavizamos. En el uso de nuestra libertad optamos por el bien o el mal. Si escogemos el mal, podemos destrozarnos a nosotros mismos. Es preciso, por tanto, tener en cuenta unas normas morales, que no están ahí para quitarnos la libertad, sino para enseñarnos a hacer un buen uso de ella, sin dañarnos a nosotros mismos.
“Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien: ¿sabe?, ponga gasolina súper en el depósito, y para el motor, utilice aceite del fino. El otro le contestó: No; para que sepa le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco el aceite; en el depósito pondré champagne que me gusta tanto, y el motor lo untaré de mermelada. Haga Vd. como le parezca, pero no venga a lamentarse si termina con el coche en un barranco.
El Señor ha hecho algo parecido con nosotros: nos ha dado este cuerpo, animado de un alma inteligente, y una bella voluntad. Y ha dicho: esta máquina es buena, pero trátala bien”. (Juan Pablo I, Audiencia General, miércoles 6 de septiembre de 1978).

2 comentarios:
Dios nos ha dado una vida para tratarla bien.
Elvira
Se puede decir que la libertad es el segundo bien espiritual que disfrutamos. "Todo esta permitido, más todo no es licito", debemos aprender esa norma de San Pablo.Saludos afectuosos.
Publicar un comentario en la entrada