domingo, 1 de marzo de 2009

Juan Pablo II: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana!

La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida.

La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella.

El mandamiento «no matarás», incluido y profundizado en el precepto positivo del amor al prójimo, es confirmado por el Señor Jesús en toda su validez. Al joven rico que le pregunta:

«Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», responde: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19, 16.17). Y cita, como primero, «no matarás».

Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso.

3 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

... Gracias por este post. Es bueno siempre que te recuerden algunas palabras.
Un besazo y buen domingo

lolat dijo...

Creo que la vida de un bebe es mucho para ser insignificante. Por eso las palabras de mi admiradísimo y querido Papa Juan Pablo II, es un abrazar la vida de los no nacidos, con pasión.

Un besazo.

José Miguel dijo...

Juan Pablo II una gran persona, un gran Papa y una gran Santo.

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Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término (Evangelium Vitae). ---------------------------------------------------------Every person sincerely open to truth and goodness can, by the light of reason and the hidden action of grace, come to recognize in the natural law written in the heart the sacred value of human life from its very beginning until its end (Evangelium Vitae).